/ domingo 18 de agosto de 2019

Aquí Querétaro

Y Mosca no era otra cosa que una perrita recién nacida, de pinto pelaje y raza Fox Terrier, de esos que llamaban “ratoneros” por su proclividad a cazar roedores. Mirando, con el tiempo, las características de esta raza canina, he llegado a dudar que aquella inocente perrita fuese del todo “pura”, pero para el caso, era exactamente lo mismo.

“Mosca” se volvió pronto parte de nuestra familia, llenó nuestro entorno con soltura y se convirtió en personaje insubstituible de la cotidianidad. Poco más tarde llegaría a casa “Pachuco”, otro perro también “ratonero”, de evidente nobleza, que convertiría a Mosca en madre de un cachorro que también acompañó a la familia un buen trecho de vida: “Macolo”.

Una de las singularidades de aquella “Mosca”, que al final creció un poco más de cómo la conocimos, era que compartía mis llantos infantiles. Cuando las lágrimas asomaban a mis ojos, en los de Mosca aparecían las suyas, contundentes, como si con ese acompañamiento quejumbroso aminorara en algo mis penas pasajeras.

Mosca cazaba ratones, por supuesto, pero también era hábil en la tarea de resguardar la seguridad del hogar, ladrando a cuanto fuereño intentara cruzar los límites de nuestra intimidad, en una tarea que asumió con entusiasmo toda su vida, hasta que la vejez acabó por vencerla. Le sobrevivirían Pachuco y Macolo; el primero se perdió por meses y mi padre fue a encontrarle en una colonia lejana, hasta donde había llegado, quizá, víctima de esa nobleza que le permitía hacer amistades sin conocimientos previos, y el segundo fue un perro bravo como pocos, fiel a sus “amos”, guardián inigualable de la casa, sus habitantes y sus enseres.

A mi vida llegarían después una enorme cantidad de perros, cariñosos compañeros de camino; de los “ratoneros” a los Pastor Alemán (“Llondria” la más recordada de esa raza); y de los Airedale Terrier a los Labrador, el más entrañable de los cuales es ahora “Bruno”, al que he visto envejecer irremediablemente.

Por esa cercanía con los canes desde aquella tarde en que Mosca apareció por el bolsillo del pantalón de mi padre, es que me parece tan deleznable esa actividad delictuosa, puesta en moda recientemente, de secuestrar perros.

En las páginas de Diario de Querétaro apareció, hace unos días, la nota informativa que da cuenta de esta práctica, que, con mayor incidencia, se presenta en colonias queretanas como Tejeda, Juriquilla, Milenio, Colinas del Cimatario o Jardines de la Hacienda.

A algunos vividores les ha dado por hacerse de los canes, esperar a que la familia los busque, y después cobrar la recompensa de rigor.

Incluso existen, al menos, ya dos páginas en el mundo del Internet, dedicadas a la localización de perros extraviados, o de los dueños de canes que aparecen perdidos, y se dice que sólo uno de cada diez perros que se pierden logran regresar de nuevo con sus auténticos propietarios.

Robar un perro, lucrar con el cariño que una familia puede tener por él, es deleznable.

Es quitarle a un niño la posibilidad de arroparse en las lágrimas, en el juego, en la ternura, de un protagonista de su vida. Reflexionando en ello, recuerdo hoy, con nostalgia infinita, a Pachuco y a Macolo, y a esa entrañable Mosca que le dio color a mi infancia.

Y Mosca no era otra cosa que una perrita recién nacida, de pinto pelaje y raza Fox Terrier, de esos que llamaban “ratoneros” por su proclividad a cazar roedores. Mirando, con el tiempo, las características de esta raza canina, he llegado a dudar que aquella inocente perrita fuese del todo “pura”, pero para el caso, era exactamente lo mismo.

“Mosca” se volvió pronto parte de nuestra familia, llenó nuestro entorno con soltura y se convirtió en personaje insubstituible de la cotidianidad. Poco más tarde llegaría a casa “Pachuco”, otro perro también “ratonero”, de evidente nobleza, que convertiría a Mosca en madre de un cachorro que también acompañó a la familia un buen trecho de vida: “Macolo”.

Una de las singularidades de aquella “Mosca”, que al final creció un poco más de cómo la conocimos, era que compartía mis llantos infantiles. Cuando las lágrimas asomaban a mis ojos, en los de Mosca aparecían las suyas, contundentes, como si con ese acompañamiento quejumbroso aminorara en algo mis penas pasajeras.

Mosca cazaba ratones, por supuesto, pero también era hábil en la tarea de resguardar la seguridad del hogar, ladrando a cuanto fuereño intentara cruzar los límites de nuestra intimidad, en una tarea que asumió con entusiasmo toda su vida, hasta que la vejez acabó por vencerla. Le sobrevivirían Pachuco y Macolo; el primero se perdió por meses y mi padre fue a encontrarle en una colonia lejana, hasta donde había llegado, quizá, víctima de esa nobleza que le permitía hacer amistades sin conocimientos previos, y el segundo fue un perro bravo como pocos, fiel a sus “amos”, guardián inigualable de la casa, sus habitantes y sus enseres.

A mi vida llegarían después una enorme cantidad de perros, cariñosos compañeros de camino; de los “ratoneros” a los Pastor Alemán (“Llondria” la más recordada de esa raza); y de los Airedale Terrier a los Labrador, el más entrañable de los cuales es ahora “Bruno”, al que he visto envejecer irremediablemente.

Por esa cercanía con los canes desde aquella tarde en que Mosca apareció por el bolsillo del pantalón de mi padre, es que me parece tan deleznable esa actividad delictuosa, puesta en moda recientemente, de secuestrar perros.

En las páginas de Diario de Querétaro apareció, hace unos días, la nota informativa que da cuenta de esta práctica, que, con mayor incidencia, se presenta en colonias queretanas como Tejeda, Juriquilla, Milenio, Colinas del Cimatario o Jardines de la Hacienda.

A algunos vividores les ha dado por hacerse de los canes, esperar a que la familia los busque, y después cobrar la recompensa de rigor.

Incluso existen, al menos, ya dos páginas en el mundo del Internet, dedicadas a la localización de perros extraviados, o de los dueños de canes que aparecen perdidos, y se dice que sólo uno de cada diez perros que se pierden logran regresar de nuevo con sus auténticos propietarios.

Robar un perro, lucrar con el cariño que una familia puede tener por él, es deleznable.

Es quitarle a un niño la posibilidad de arroparse en las lágrimas, en el juego, en la ternura, de un protagonista de su vida. Reflexionando en ello, recuerdo hoy, con nostalgia infinita, a Pachuco y a Macolo, y a esa entrañable Mosca que le dio color a mi infancia.

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