/ domingo 26 de enero de 2020

Aquí Querétaro

Con su mirada profunda, su melena blanca y rebelde, la camisa desfajada, el chaleco delgadito como complemento, y sus infaltables guaraches, Eugenio Barba podría pasar desapercibido si no irradiara, como sólo los muy grandes pueden hacerlo, paz.

Quizá esa paz que sólo se logra tras responder la pregunta que, él asegura, todo actor debe hacerse: ¿Para qué? ¿Para qué emprender el camino de la creación artística, o cualquier otro en la vida? ¿un “para qué” como premisa ante la aventura?

Conocí al artífice del llamado “Tercer Teatro”, a uno de los iniciadores de la teoría de la Antropología Teatral, al fundador del mítico Odin Teatret, cuando la primera década de este siglo estaba avizorando su fin. Con la compañía de unos sopecitos de escamoles, en el restaurante de Josecho en nuestra Plaza de Armas, convenimos realizar una aventura que denominamos, precisamente por nuestro plato en la mesa, “Proyecto Escamol”.

A lo largo de un año, maestros del Odin Teatret, venidos de diversas partes del mundo hasta donde la influencia de Barba ha llegado, llegarían a Querétaro para compartir experiencias con los creadores escénicos locales, se realizaría lo que el maestro y director italiano llamaba el “trueque” en algunas poblaciones de nuestra Sierra Gorda, y finalmente, él mismo y Julia Varley, su compañera de vida, darían un taller de un par de días en nuestra ciudad, para concluir la aventura.

Una de las varias ocasiones en las que concertamos los pormenores, el maestro Barba llegó con un brillo especial en los ojos, y con el asombro de un niño en el rostro; me habló largamente de lo que había acabado de ver, al acudir a nuestra cita con los sopecitos de escamoles, en las calles de la ciudad: una procesión de pajareros, que, con buena cantidad de jaulas a la espalda y cientos de pajarillos de colores, acudían a dar gracias al templo. Para él, que acababa de rebasar las siete décadas de edad, aquello representaba una explosión de vida que no podía pasar desapercibida.

Los talleres se dieron, el “trueque” cumplió sus objetivos cuando un grupo de artistas de la escena recorrieron las calles de algunas poblaciones serranas y recibieron a cambio lo que sus pobladores podían entregar: el señor maduro que cantó un corrido, los chiquillos que escenificaron una pequeña obrita teatral, y los jóvenes rockeros que, desde una azotea, lanzaron al viento sus notas. Y finalmente, la experiencia que representó para los actores y bailarines queretanos trabajar durante un par de días con Barba y con Varley, ambos ya leyendas mundiales del teatro.

Apenas el fin de semana pasado, el también discípulo de Jerzy Grotowski estuvo en México. Dos funciones dio Julia de la representación teatral “Ave María”, en homenaje a la actriz chilena María Cánepa, y luego Eugenio brindó una conferencia magistral de más de seis horas, en las que mantuvo atentos a más de cuatrocientos espectadores, además de presentar uno de sus ya muchos libros: “La luna surge en el Ganges”.

Es poseedor de varios doctorados honoris causa alrededor del mundo, es el investigador teatral más connotado de nuestro tiempo, es el creador de conceptos e instituciones que han transformado la forma de ver y vivir el teatro, pero yo siempre me quedaré, más allá de todo eso, con ese niño que se asomó a sus ojos, mientras comíamos sopecitos de escamoles, maravillado por la procesión de pajareros que acababa de descubrir por las céntricas calles de Querétaro.

ACOTACIÓN AL MARGEN

Será que la diversidad de opciones políticas es más evidente; será que las redes sociales nos permiten, hoy, meternos hasta ciertas cocinas otrora inexpugnables; será que ya todo mundo se siente con la libertad de aspirar a todo, creyendo merecerlo todo; será…

El caso es que, hoy por hoy, tenemos la oportunidad de descubrir declaraciones tan necias como ignorantes de muchos políticos, que parecen no tener temor alguno de quedar en ridículo. A veces, incluso, la ignorancia y la necedad se convierten, inexplicablemente, en virtudes.

Son los tiempos que corren. Será por… Quién sabe por qué será.

Con su mirada profunda, su melena blanca y rebelde, la camisa desfajada, el chaleco delgadito como complemento, y sus infaltables guaraches, Eugenio Barba podría pasar desapercibido si no irradiara, como sólo los muy grandes pueden hacerlo, paz.

Quizá esa paz que sólo se logra tras responder la pregunta que, él asegura, todo actor debe hacerse: ¿Para qué? ¿Para qué emprender el camino de la creación artística, o cualquier otro en la vida? ¿un “para qué” como premisa ante la aventura?

Conocí al artífice del llamado “Tercer Teatro”, a uno de los iniciadores de la teoría de la Antropología Teatral, al fundador del mítico Odin Teatret, cuando la primera década de este siglo estaba avizorando su fin. Con la compañía de unos sopecitos de escamoles, en el restaurante de Josecho en nuestra Plaza de Armas, convenimos realizar una aventura que denominamos, precisamente por nuestro plato en la mesa, “Proyecto Escamol”.

A lo largo de un año, maestros del Odin Teatret, venidos de diversas partes del mundo hasta donde la influencia de Barba ha llegado, llegarían a Querétaro para compartir experiencias con los creadores escénicos locales, se realizaría lo que el maestro y director italiano llamaba el “trueque” en algunas poblaciones de nuestra Sierra Gorda, y finalmente, él mismo y Julia Varley, su compañera de vida, darían un taller de un par de días en nuestra ciudad, para concluir la aventura.

Una de las varias ocasiones en las que concertamos los pormenores, el maestro Barba llegó con un brillo especial en los ojos, y con el asombro de un niño en el rostro; me habló largamente de lo que había acabado de ver, al acudir a nuestra cita con los sopecitos de escamoles, en las calles de la ciudad: una procesión de pajareros, que, con buena cantidad de jaulas a la espalda y cientos de pajarillos de colores, acudían a dar gracias al templo. Para él, que acababa de rebasar las siete décadas de edad, aquello representaba una explosión de vida que no podía pasar desapercibida.

Los talleres se dieron, el “trueque” cumplió sus objetivos cuando un grupo de artistas de la escena recorrieron las calles de algunas poblaciones serranas y recibieron a cambio lo que sus pobladores podían entregar: el señor maduro que cantó un corrido, los chiquillos que escenificaron una pequeña obrita teatral, y los jóvenes rockeros que, desde una azotea, lanzaron al viento sus notas. Y finalmente, la experiencia que representó para los actores y bailarines queretanos trabajar durante un par de días con Barba y con Varley, ambos ya leyendas mundiales del teatro.

Apenas el fin de semana pasado, el también discípulo de Jerzy Grotowski estuvo en México. Dos funciones dio Julia de la representación teatral “Ave María”, en homenaje a la actriz chilena María Cánepa, y luego Eugenio brindó una conferencia magistral de más de seis horas, en las que mantuvo atentos a más de cuatrocientos espectadores, además de presentar uno de sus ya muchos libros: “La luna surge en el Ganges”.

Es poseedor de varios doctorados honoris causa alrededor del mundo, es el investigador teatral más connotado de nuestro tiempo, es el creador de conceptos e instituciones que han transformado la forma de ver y vivir el teatro, pero yo siempre me quedaré, más allá de todo eso, con ese niño que se asomó a sus ojos, mientras comíamos sopecitos de escamoles, maravillado por la procesión de pajareros que acababa de descubrir por las céntricas calles de Querétaro.

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