/ domingo 31 de mayo de 2020

Aquí Querétaro

“El corazón no envejece, el cuerpo es el que se arruga”, se llamaba aquella obra teatral, presentada por una compañía que recorría el país, montando, como si fuera un circo, una gran carpa para albergar su improvisado teatro. No sé porqué se me quedó grabado el nombre de aquel espectáculo, así como la imagen del primer actor, regordete y de bigotito, que también dirigió unas palabras al concluir la representación.

Era la década de los sesenta, sin duda, y la carpa había sido instalada en un solar de la calle Corregidora, a un costado de lo que por tantos años funcionó como el Centro Educativo. Hasta allá llegué yo, acompañado de alguien de mi familia, para presenciar el espectáculo, que hoy, a más de medio siglo de distancia, me hace caer en cuenta que, acaso, representó un acicate para abrigar, con el tiempo, la profesión de los escenarios.

Por aquel entonces ya estaba edificado el teatro del Seguro Social, gracias a esa visionaria iniciativa de Benito Coquet, en una administración que le apostó a la idea de que el bienestar del ser humano no se reduce a la salud, sino también a la prevención física, mental y espiritual. También estaba, como siempre, el histórico Teatro de la República, que desde su edificación y todavía con el nombre de Iturbide, se constituyó en el escenario de las más diversas presentaciones escénicas.

Aunque existían ya algunos otros grupos teatrales, que podían contarse con los dedos de una sola mano, los Cómicos de la Legua, de la Universidad Autónoma de Querétaro, compañía fundada por Hugo Gutiérrez Vega en 1959, era los máximos exponentes de esa disciplina, con Paco Rabell, los hermanos Servín o el inolvidable Nacho Frías Godoy, entre otros, en su elenco permanente.

Habían pasado ya los tiempos en los que las compañías aficionadas de Querétaro se presentaban en escenarios como el Cine Alameda, con entrañables personajes como don Rafa Lozada, Manola Carriles, Antonio Gutiérrez, o las hermanas Perusquía; y todavía más de aquellos emblemáticos espacios, que no les tocó conocer a nuestras generaciones, del Teatro de la Media Luna, también nombrado Coligallo, o el Novedades.

Y eran tiempos también en los que, ni por asomo, se sospechaba el enorme incremento de teatros que albergaría la ciudad, al grado de que en este 2020, una veintena de ellos, independientes todos, pueden descubrirse en la geografía de la zona metropolitana de Querétaro, sin contar otras tantas compañías que presentan sus espectáculos en espacios públicos, entre los que destaca, de manera significativa, el Museo de la Ciudad.

Todos hoy están cerrados debido a la pandemia; todos a la espera de tener las condiciones sanitarias adecuadas para reabrir sus puertas; todos en crisis económica preocupante, porque esta lacerante pandemia, hará quebrar, seguramente, a algunos de ellos. Nada será igual, suponemos, cuando las “nueva normalidad” haga posible que la actividad teatral se restablezca.

En estas tristes circunstancias, a mí me ha dado por recordar aquella función de “El corazón no envejece, el cuerpo es el que se arruga”, e investigando un poco, he también concluido que la carpa donde se dio aquella inolvidable representación fue la del famoso Teatro Tayita, que por veinticinco años recorrió la geografía nacional, presentando una obra diferente cada día. También creo que el actor aquel no era otro que Héctor Manuel Calixto, un maduro actor duranguense, de origen muy humilde, que recorrió ahí, en el Tayita, todos los puestos posibles: De ayudante y tramoyista a galán joven y actor de carácter.

Y es que el cuerpo podrá arrugarse, pero el corazón de los teatristas, pese a las circunstancias negativas y los contratiempos mayúsculos, seguirá siempre joven y dispuesto a latir en cuanto sea posible.

“El corazón no envejece, el cuerpo es el que se arruga”, se llamaba aquella obra teatral, presentada por una compañía que recorría el país, montando, como si fuera un circo, una gran carpa para albergar su improvisado teatro. No sé porqué se me quedó grabado el nombre de aquel espectáculo, así como la imagen del primer actor, regordete y de bigotito, que también dirigió unas palabras al concluir la representación.

Era la década de los sesenta, sin duda, y la carpa había sido instalada en un solar de la calle Corregidora, a un costado de lo que por tantos años funcionó como el Centro Educativo. Hasta allá llegué yo, acompañado de alguien de mi familia, para presenciar el espectáculo, que hoy, a más de medio siglo de distancia, me hace caer en cuenta que, acaso, representó un acicate para abrigar, con el tiempo, la profesión de los escenarios.

Por aquel entonces ya estaba edificado el teatro del Seguro Social, gracias a esa visionaria iniciativa de Benito Coquet, en una administración que le apostó a la idea de que el bienestar del ser humano no se reduce a la salud, sino también a la prevención física, mental y espiritual. También estaba, como siempre, el histórico Teatro de la República, que desde su edificación y todavía con el nombre de Iturbide, se constituyó en el escenario de las más diversas presentaciones escénicas.

Aunque existían ya algunos otros grupos teatrales, que podían contarse con los dedos de una sola mano, los Cómicos de la Legua, de la Universidad Autónoma de Querétaro, compañía fundada por Hugo Gutiérrez Vega en 1959, era los máximos exponentes de esa disciplina, con Paco Rabell, los hermanos Servín o el inolvidable Nacho Frías Godoy, entre otros, en su elenco permanente.

Habían pasado ya los tiempos en los que las compañías aficionadas de Querétaro se presentaban en escenarios como el Cine Alameda, con entrañables personajes como don Rafa Lozada, Manola Carriles, Antonio Gutiérrez, o las hermanas Perusquía; y todavía más de aquellos emblemáticos espacios, que no les tocó conocer a nuestras generaciones, del Teatro de la Media Luna, también nombrado Coligallo, o el Novedades.

Y eran tiempos también en los que, ni por asomo, se sospechaba el enorme incremento de teatros que albergaría la ciudad, al grado de que en este 2020, una veintena de ellos, independientes todos, pueden descubrirse en la geografía de la zona metropolitana de Querétaro, sin contar otras tantas compañías que presentan sus espectáculos en espacios públicos, entre los que destaca, de manera significativa, el Museo de la Ciudad.

Todos hoy están cerrados debido a la pandemia; todos a la espera de tener las condiciones sanitarias adecuadas para reabrir sus puertas; todos en crisis económica preocupante, porque esta lacerante pandemia, hará quebrar, seguramente, a algunos de ellos. Nada será igual, suponemos, cuando las “nueva normalidad” haga posible que la actividad teatral se restablezca.

En estas tristes circunstancias, a mí me ha dado por recordar aquella función de “El corazón no envejece, el cuerpo es el que se arruga”, e investigando un poco, he también concluido que la carpa donde se dio aquella inolvidable representación fue la del famoso Teatro Tayita, que por veinticinco años recorrió la geografía nacional, presentando una obra diferente cada día. También creo que el actor aquel no era otro que Héctor Manuel Calixto, un maduro actor duranguense, de origen muy humilde, que recorrió ahí, en el Tayita, todos los puestos posibles: De ayudante y tramoyista a galán joven y actor de carácter.

Y es que el cuerpo podrá arrugarse, pero el corazón de los teatristas, pese a las circunstancias negativas y los contratiempos mayúsculos, seguirá siempre joven y dispuesto a latir en cuanto sea posible.

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