/ domingo 12 de julio de 2020

Aquí Querétaro

Chucho el Roto

Jesús Arriaga llegaba aquella noche a su casa de la calle Maravillas después de haber disfrutado de una función de ópera en el bello Teatro Iturbide; lo hacía acompañado de su pareja, María Bermeo, al amparo de la noche, con la despreocupación provocada por un buen rato de entretenimiento, y, seguramente, con muchos planes en la cabeza. No se esperaba que ahí lo estaba esperando la policía queretana, comandada por Rómulo Alonso, y que estaba viviendo uno de los últimos capítulos de esa vida mítica y novelesca de ese personaje llamado Chucho el Roto.

Mucho se ha sostenido que Jesús Arriaga había nacido en Querétaro, concretamente en la comunidad de Saldarriaga, en el municipio de El Marqués, pero en realidad, el popular bandido era originario de la localidad tlaxcalteca de Chiautempan, donde vio la luz primera en 1858, aunque hay versiones con otra fecha. Lo que sí es cierto es que aquí fue reaprendido, tras uno de sus hurtos, y remitido, ya preso, a Veracruz, donde murió en la entonces prisión de San Juan de Ulúa, cuando apenas tendría unos veintisiete años, si nos atenemos a la más socorrida de las versiones sobre la fecha de su nacimiento.

Alrededor de Arriaga, y de su mote de Chucho el Roto, se fraguó una leyenda al más puro estilo de los bandidos españoles, como el famoso Luis Candelas, que robaba a los ricos para darle a los pobres, y aunque, quizá, el nuestro no fuera todo lo que de él se ha dicho y escrito, lo cierto es que su vida fue llevada a la literatura, al teatro, y más tarde, al cine y a la televisión, compaginando hechos reales con ficticios y creando un rico personaje para la imaginación. En realidad, su existencia está llena de datos contradictorios y especulaciones.

Meses después de su escape de la cárcel de Belén, en la Ciudad de México, Arriaga llegó a Querétaro, según se sabe, en el entonces vigente Ferrocarril Central Mexicano, y con el nombre ficticio de José Vega. Venía ya acompañado de su amante, María Bermeo, y, curiosamente, en ese viaje conoció a quien, a partir de entonces se convertiría en su mozo y cómplice: Guadalupe Fernández.

También curioso resulta que un bandido de tal dimensión acabara asustándose de los espíritus nocturnos que le hacían ruidos en la casa que ocupó en la hoy calle de Vergara, uno de sus dos domicilios queretanos, y que gustara de distracciones tan refinadas como la ópera, aunque, seguramente, aquellas asistencias al teatro representaban, más bien, una forma de revisar las posibilidades económicas de los queretanos de entonces.

No cometió, en realidad, algún error en su ilícito trabajo mientras estuvo en nuestra ciudad, bajo el membrete de comerciante de café, ni dejó algún indicio de su identidad en el famoso robo que perpetró, la noche del 23 de mayo de1884, en la negociación mercantil de los hermanos Alday, en el número uno del Portal de Carmelitas, en la esquina de las hoy llamadas calles de Juárez y Madero, pues su detención se basó en esa desconfianza que su presencia le causó al jefe de la policía local.

Aquel hurto en el establecimiento de los Alday fue significativo: relojes de oro, anillos, arracadas, cadenas, material religioso y dinero en efectivo, que fue a esconder bajo el piso de la cocina de su casa de Maravillas, hoy Pino Suárez, entre Ocampo y Ezequiel Montes, y que fue descubierto luego de que fuera detenido aquella noche que regresaba de la función de ópera, despreocupado y feliz.

Chucho el Roto, tras su aprensión queretana, fue llevado a San Juan de Ulúa, y en una de sus celdas, de las llamadas “tinajas”, que se ubicaban por debajo del mar, adquirió la enfermedad que, finalmente, lo llevaría a la tumba y daría paso a su leyenda. Una leyenda que incluye un platónico amor que lo llevó a la cárcel por primera vez, la repartición que hacía de sus botines entre los más necesitados, y, aquí en Querétaro, su nacimiento en Saldarriaga, donde una vieja construcción, se dice, fue su casa.

Chucho el Roto

Jesús Arriaga llegaba aquella noche a su casa de la calle Maravillas después de haber disfrutado de una función de ópera en el bello Teatro Iturbide; lo hacía acompañado de su pareja, María Bermeo, al amparo de la noche, con la despreocupación provocada por un buen rato de entretenimiento, y, seguramente, con muchos planes en la cabeza. No se esperaba que ahí lo estaba esperando la policía queretana, comandada por Rómulo Alonso, y que estaba viviendo uno de los últimos capítulos de esa vida mítica y novelesca de ese personaje llamado Chucho el Roto.

Mucho se ha sostenido que Jesús Arriaga había nacido en Querétaro, concretamente en la comunidad de Saldarriaga, en el municipio de El Marqués, pero en realidad, el popular bandido era originario de la localidad tlaxcalteca de Chiautempan, donde vio la luz primera en 1858, aunque hay versiones con otra fecha. Lo que sí es cierto es que aquí fue reaprendido, tras uno de sus hurtos, y remitido, ya preso, a Veracruz, donde murió en la entonces prisión de San Juan de Ulúa, cuando apenas tendría unos veintisiete años, si nos atenemos a la más socorrida de las versiones sobre la fecha de su nacimiento.

Alrededor de Arriaga, y de su mote de Chucho el Roto, se fraguó una leyenda al más puro estilo de los bandidos españoles, como el famoso Luis Candelas, que robaba a los ricos para darle a los pobres, y aunque, quizá, el nuestro no fuera todo lo que de él se ha dicho y escrito, lo cierto es que su vida fue llevada a la literatura, al teatro, y más tarde, al cine y a la televisión, compaginando hechos reales con ficticios y creando un rico personaje para la imaginación. En realidad, su existencia está llena de datos contradictorios y especulaciones.

Meses después de su escape de la cárcel de Belén, en la Ciudad de México, Arriaga llegó a Querétaro, según se sabe, en el entonces vigente Ferrocarril Central Mexicano, y con el nombre ficticio de José Vega. Venía ya acompañado de su amante, María Bermeo, y, curiosamente, en ese viaje conoció a quien, a partir de entonces se convertiría en su mozo y cómplice: Guadalupe Fernández.

También curioso resulta que un bandido de tal dimensión acabara asustándose de los espíritus nocturnos que le hacían ruidos en la casa que ocupó en la hoy calle de Vergara, uno de sus dos domicilios queretanos, y que gustara de distracciones tan refinadas como la ópera, aunque, seguramente, aquellas asistencias al teatro representaban, más bien, una forma de revisar las posibilidades económicas de los queretanos de entonces.

No cometió, en realidad, algún error en su ilícito trabajo mientras estuvo en nuestra ciudad, bajo el membrete de comerciante de café, ni dejó algún indicio de su identidad en el famoso robo que perpetró, la noche del 23 de mayo de1884, en la negociación mercantil de los hermanos Alday, en el número uno del Portal de Carmelitas, en la esquina de las hoy llamadas calles de Juárez y Madero, pues su detención se basó en esa desconfianza que su presencia le causó al jefe de la policía local.

Aquel hurto en el establecimiento de los Alday fue significativo: relojes de oro, anillos, arracadas, cadenas, material religioso y dinero en efectivo, que fue a esconder bajo el piso de la cocina de su casa de Maravillas, hoy Pino Suárez, entre Ocampo y Ezequiel Montes, y que fue descubierto luego de que fuera detenido aquella noche que regresaba de la función de ópera, despreocupado y feliz.

Chucho el Roto, tras su aprensión queretana, fue llevado a San Juan de Ulúa, y en una de sus celdas, de las llamadas “tinajas”, que se ubicaban por debajo del mar, adquirió la enfermedad que, finalmente, lo llevaría a la tumba y daría paso a su leyenda. Una leyenda que incluye un platónico amor que lo llevó a la cárcel por primera vez, la repartición que hacía de sus botines entre los más necesitados, y, aquí en Querétaro, su nacimiento en Saldarriaga, donde una vieja construcción, se dice, fue su casa.

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