/ domingo 2 de agosto de 2020

Aquí Querétaro

Era una apacible noche de principios de abril de 1984 en el bellísimo patio central de la Casa de la Marquesa queretana, que albergaba, por entonces, tareas de extensión universitaria de nuestra máxima casa de estudios. Estrenábamos nuestro “Quijote”, un espectáculo diseñado por Leonardo Kosta, con textos de la novela de don Miguel de Cervantes acomodados en una pequeña historia, donde la pluma del “manco de Lepanto” y la imaginación de Kosta se daban la mano durante una hora en escena.

Tenía aquel espectáculo, eso sí, sus particularidades, poco vistas hasta entonces en un Querétaro acostumbrado a lo tradicional y al legado que, entre los queretanos, habían dejado del teatro clásico los Cómicos de la Legua. No era común que el Quijote se colocara un casco de futbol americano y que un paraguas fuera lo mismo fuente que rueda de carreta, o que de la panza de Sancho apareciera de pronto una cabeza de león dispuesta a comerse al hidalgo soñador.

Leonardo había llegado hasta estas tierras, precedido ya de una larga carrera en los escenarios trashumantes, a invitación de Juan Antonio Isla, por ese tiempo Secretario de Extensión Universitaria de la U.A.Q., para hacerse cargo de una revista, “Repertorio”, que con el paso de los años acabó siendo ahogada por la política y rematada por la inanición. Pero Kosta no podía estar ajeno a los escenarios y se involucró lo mismo con los teatristas de la Casa de la Cultura, también con los auspicios de Isla, que con el Corral de Comedias, para quien escribió una exitosa pastorela política.

Esa noche de abril pues, estrenábamos aquel “Quijote” en el bello escenario, que pronto se vio colmado de espectadores para la primera de las funciones de una mediana temporada que se anunciaba ya en los carteles publicitarios correspondientes. Mientras me pegaba las barbas quijotescas, que acabarían por caer algunos minutos más tarde durante la representación, descubrimos entre los espectadores a un grupo de notables teatristas y universitarios, lo que nos obligó a acrecentar un tanto los inevitables nervios del estreno.

Tras aquella representación, los notables se presentaron al día siguiente en las oficinas del rector universitario, Braulio Guerra Malo, para exigir la clausura inmediata del espectáculo. La presión fue tanta, y tan importantes los notables, que el dirigente universitario no tuvo más remedio que hablar con Isla y pedirle que, seguramente por la tranquilidad de la Universidad, diera por concluida, con apenas una función realizada, nuestra pretendida temporada. Aunque era más que evidente que aquello se trataba de una cuestión política en contra del fuereño recién llegado de Kosta, la versión que hasta nuestros oídos llegó fue que la queja era “porque se denigraba la imagen del personaje de Cervantes”.

Juan Antonio Isla, que era un hombre de letras y un profesional de la de promoción cultural, ideó una forma para que aquel trabajo escénico no se muriera para siempre; habló con su hermano Augusto, quien se desempeñaba en un alto cargo del gobierno del Estado de México, y nos organizaron una espléndida gira por muy diversos municipios mexiquenses, trasportados, por cierto, en una “julia”, como se le conocían en ese entonces a las patrullas que cargaban con borrachines hasta las comisarías.

Gracias a aquella intervención de los notables queretanos tuve la oportunidad inolvidable de conocer lo mismo Tenancingo que El Oro, y actuar en algún cine en ruinas, en el primer caso, o en un impresionante teatro porfiriano, digno de cualquier gran ciudad, en el segundo. Además, claro, de la experiencia de adentrarnos en aquella “julia” sin ventanas que nos depositaba en los más variados rincones y nos permitió conocer a disímbolos anfitriones, desde el que recordaba, con profundo resentimiento, la mala forma en que fueron tratados cuando vinieron a jugar contra los Gallos Blancos (a mí se me atoró la albóndiga que comía al imaginar que aquel personaje podía vengarse con veneno por su experiencia queretana), hasta el Presidente Municipal que nos invitó a cenar a su casa, donde una fotografía de pared a pared de su familia presidía la sala.

Era un Querétaro distinto, creo. Ahora resultaría ridículo que se pensara que un casco de futbol americano puede denigrar al Quijote, o que algún fuereño resulte una amenaza por tratar de forjarse un camino en estas tierras. Hoy las ideas cerradas son menos, y los de fuera, mayoría. Bueno, creo que eso creo…

Era una apacible noche de principios de abril de 1984 en el bellísimo patio central de la Casa de la Marquesa queretana, que albergaba, por entonces, tareas de extensión universitaria de nuestra máxima casa de estudios. Estrenábamos nuestro “Quijote”, un espectáculo diseñado por Leonardo Kosta, con textos de la novela de don Miguel de Cervantes acomodados en una pequeña historia, donde la pluma del “manco de Lepanto” y la imaginación de Kosta se daban la mano durante una hora en escena.

Tenía aquel espectáculo, eso sí, sus particularidades, poco vistas hasta entonces en un Querétaro acostumbrado a lo tradicional y al legado que, entre los queretanos, habían dejado del teatro clásico los Cómicos de la Legua. No era común que el Quijote se colocara un casco de futbol americano y que un paraguas fuera lo mismo fuente que rueda de carreta, o que de la panza de Sancho apareciera de pronto una cabeza de león dispuesta a comerse al hidalgo soñador.

Leonardo había llegado hasta estas tierras, precedido ya de una larga carrera en los escenarios trashumantes, a invitación de Juan Antonio Isla, por ese tiempo Secretario de Extensión Universitaria de la U.A.Q., para hacerse cargo de una revista, “Repertorio”, que con el paso de los años acabó siendo ahogada por la política y rematada por la inanición. Pero Kosta no podía estar ajeno a los escenarios y se involucró lo mismo con los teatristas de la Casa de la Cultura, también con los auspicios de Isla, que con el Corral de Comedias, para quien escribió una exitosa pastorela política.

Esa noche de abril pues, estrenábamos aquel “Quijote” en el bello escenario, que pronto se vio colmado de espectadores para la primera de las funciones de una mediana temporada que se anunciaba ya en los carteles publicitarios correspondientes. Mientras me pegaba las barbas quijotescas, que acabarían por caer algunos minutos más tarde durante la representación, descubrimos entre los espectadores a un grupo de notables teatristas y universitarios, lo que nos obligó a acrecentar un tanto los inevitables nervios del estreno.

Tras aquella representación, los notables se presentaron al día siguiente en las oficinas del rector universitario, Braulio Guerra Malo, para exigir la clausura inmediata del espectáculo. La presión fue tanta, y tan importantes los notables, que el dirigente universitario no tuvo más remedio que hablar con Isla y pedirle que, seguramente por la tranquilidad de la Universidad, diera por concluida, con apenas una función realizada, nuestra pretendida temporada. Aunque era más que evidente que aquello se trataba de una cuestión política en contra del fuereño recién llegado de Kosta, la versión que hasta nuestros oídos llegó fue que la queja era “porque se denigraba la imagen del personaje de Cervantes”.

Juan Antonio Isla, que era un hombre de letras y un profesional de la de promoción cultural, ideó una forma para que aquel trabajo escénico no se muriera para siempre; habló con su hermano Augusto, quien se desempeñaba en un alto cargo del gobierno del Estado de México, y nos organizaron una espléndida gira por muy diversos municipios mexiquenses, trasportados, por cierto, en una “julia”, como se le conocían en ese entonces a las patrullas que cargaban con borrachines hasta las comisarías.

Gracias a aquella intervención de los notables queretanos tuve la oportunidad inolvidable de conocer lo mismo Tenancingo que El Oro, y actuar en algún cine en ruinas, en el primer caso, o en un impresionante teatro porfiriano, digno de cualquier gran ciudad, en el segundo. Además, claro, de la experiencia de adentrarnos en aquella “julia” sin ventanas que nos depositaba en los más variados rincones y nos permitió conocer a disímbolos anfitriones, desde el que recordaba, con profundo resentimiento, la mala forma en que fueron tratados cuando vinieron a jugar contra los Gallos Blancos (a mí se me atoró la albóndiga que comía al imaginar que aquel personaje podía vengarse con veneno por su experiencia queretana), hasta el Presidente Municipal que nos invitó a cenar a su casa, donde una fotografía de pared a pared de su familia presidía la sala.

Era un Querétaro distinto, creo. Ahora resultaría ridículo que se pensara que un casco de futbol americano puede denigrar al Quijote, o que algún fuereño resulte una amenaza por tratar de forjarse un camino en estas tierras. Hoy las ideas cerradas son menos, y los de fuera, mayoría. Bueno, creo que eso creo…

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