/ viernes 8 de febrero de 2019

El Baúl

Por entonces, había unos con labia suficiente para atolondrar con argumentos jurídicos y políticos a los que nada sabían ni nada tenían. Los juntaban en grupitos que iban creciendo en cantidad de gente y se convertían en sus redentores sociales. Cuando ya controlaban a las agrupaciones, las catequizaban sobre sus derechos, los sedaban con discursos de iluminados y los llevaban a las calles a manifestarse en contra del poder público, mientras cuajaban las estrategias que los salvadores habían prefigurado para invadir determinados espacios en las orillas de la ciudad, adonde llevaban a sus seguidores para que levantaran casuchas con los materiales que tuvieran a la mano, hasta que el gobierno accedía a las presiones y mediaba para que la enorme superficie invadida fuera vendida a los manipulados por los lidercillos sociales. Así nació, por ejemplo, lo que actualmente se conoce como la colonia Lomas de Casa Blanca.

Cuando los ilustres defensores sociales se dieron cuenta de que el modo de apoderarse de la tierra de propiedad privada era un negocio redondo que les daba para vivir en el confort y les alcanzaba para que vivieran con holgura sus hijos y los hijos de sus hijos, se dedicaron a localizar terrenos circulados de manera circunstancial por colonias legales que tenían todos los servicios, de manera que la energía eléctrica, el alcantarillado, el agua potable y otros satisfactores básicos fueran otorgados también a los que llevaban para invadir esos espacios.

Este modus vivendi perduró mientras fue posible, porque un día los que habían invadido una determinada porción de tierra en un determinado lugar, denominado El Milagrito, fueron hasta la Cámara Local de Diputados a exigirle al entonces presidente de los legisladores les cumpliera las promesas que les había hecho. Se encerraron en uno de los salones que había en la antigua sede del Congreso del Estado, y nadie salió ni entró sino hasta que los protestantes recibieron lo que pedían y les correspondía.

Eso fue mucho tiempo después de que los redentores de los desposeídos ya vivían en casas de dos pisos, comían lo suficiente, dormían sin sobresaltos y andaban en coches casi cáscaras pero que eran necesarios para mantener el bajo perfil que necesitaban como condición impostergable para seguir chapaleando en el paraíso de los vividores, de quienes sólo quedan algunos, que de tanto en tanto gritan frente a algunas oficinas públicas, mantas de por medio que portan sus seguidores, hasta que los reciben los funcionarios que deben recibirlos y salen con nuevas promesas para los que creen que quienes los han embarcado en ese problema, lo hacen por vocación de servir a los más pobres de todos los pobres.

Por entonces, había unos con labia suficiente para atolondrar con argumentos jurídicos y políticos a los que nada sabían ni nada tenían. Los juntaban en grupitos que iban creciendo en cantidad de gente y se convertían en sus redentores sociales. Cuando ya controlaban a las agrupaciones, las catequizaban sobre sus derechos, los sedaban con discursos de iluminados y los llevaban a las calles a manifestarse en contra del poder público, mientras cuajaban las estrategias que los salvadores habían prefigurado para invadir determinados espacios en las orillas de la ciudad, adonde llevaban a sus seguidores para que levantaran casuchas con los materiales que tuvieran a la mano, hasta que el gobierno accedía a las presiones y mediaba para que la enorme superficie invadida fuera vendida a los manipulados por los lidercillos sociales. Así nació, por ejemplo, lo que actualmente se conoce como la colonia Lomas de Casa Blanca.

Cuando los ilustres defensores sociales se dieron cuenta de que el modo de apoderarse de la tierra de propiedad privada era un negocio redondo que les daba para vivir en el confort y les alcanzaba para que vivieran con holgura sus hijos y los hijos de sus hijos, se dedicaron a localizar terrenos circulados de manera circunstancial por colonias legales que tenían todos los servicios, de manera que la energía eléctrica, el alcantarillado, el agua potable y otros satisfactores básicos fueran otorgados también a los que llevaban para invadir esos espacios.

Este modus vivendi perduró mientras fue posible, porque un día los que habían invadido una determinada porción de tierra en un determinado lugar, denominado El Milagrito, fueron hasta la Cámara Local de Diputados a exigirle al entonces presidente de los legisladores les cumpliera las promesas que les había hecho. Se encerraron en uno de los salones que había en la antigua sede del Congreso del Estado, y nadie salió ni entró sino hasta que los protestantes recibieron lo que pedían y les correspondía.

Eso fue mucho tiempo después de que los redentores de los desposeídos ya vivían en casas de dos pisos, comían lo suficiente, dormían sin sobresaltos y andaban en coches casi cáscaras pero que eran necesarios para mantener el bajo perfil que necesitaban como condición impostergable para seguir chapaleando en el paraíso de los vividores, de quienes sólo quedan algunos, que de tanto en tanto gritan frente a algunas oficinas públicas, mantas de por medio que portan sus seguidores, hasta que los reciben los funcionarios que deben recibirlos y salen con nuevas promesas para los que creen que quienes los han embarcado en ese problema, lo hacen por vocación de servir a los más pobres de todos los pobres.