/ viernes 23 de agosto de 2019

El Baúl

La entrevista fallida


El padre Catalino vivía en una casa grande y hermosa. Desde hace no mucho tiempo es un hotel-boutique. En el patio exterior de la casa había unos pinos que adornaban una fachada seductora, y dentro, en el centro de otro patio pequeño, había muchas flores de muchos colores, algunas olían tan bonito que con solo inspirar su perfume uno podía imaginar estar en el edén terrenal. Los pisos eran viejos pero estaban bien conservados, igual que las habitaciones, una de las cuales, que tenía balcones a la calle y estaban cerrados, había sido habilitada como biblioteca, y cuando entornaban la puerta se colaban la luz del sol, el polvo y algunos ruidos callejeros que había entonces. Había muchos libros, unos estaban en anaqueles y muchos otros apilados sobre el suelo. Para ir de un lugar a otro había que sortear los montones y abrir bien los ojos porque sólo había un foquito que apenas iluminaba.

-Aquí está la sabiduría de todo –dijo el padre el día que abrió la puerta para entrar-. Hasta los misterios están aquí. –Sopló sobre una pila de libros-: siempre ando diciendo que un día voy a limpiar todo esto y nunca limpio.

Si algo no perdonaba era la hora de la comida: dos de la tarde. Se sentaba a la mesa y se ponía un pañuelo rojo en el pecho. Delante del primer plato inclinaba la cabeza y cerraba los ojos, las manos descansando en la mesa, y luego se persignaba.

-Con tu permiso –decía, y comenzaba a comer en silencio. Nunca hablaba mientras comía; tampoco invitaba a nadie a comer con él.

Chasqueaba con la boca cuando le gustaba la sopa, el guiso y el agua de sabor.

-Ora sí te luciste mujer –decía aludiendo a la cocinera-; si fueras así todos los días.

Cuando terminaba la comida comía el postre y en seguida se limpiaba los dientes con el pañuelo que le había servido de babero, y eructaba haciendo ruido y luego se volvía a su invitado.

-Conque eso es lo que te trae por aquí –dijo ese día, se levantó, cruzó el patio y con una llave enorme abrió la biblioteca. Entró y se detuvo, buscó entre sus ropas y se dio cuenta de que no traía sus lentes. Así que casi entornó los ojos para mirar los anaqueles, luego se volvió hacia los libros apilados: “Pues dónde está este libro”, murmuró para sí.

-Bueno –hizo un ademán con la derecha-, el hecho es que por aquellos tiempos que te dije, a ese lugar que te dije llegó un pintor muy famoso y se quedó a vivir en esa aldea porque estaba muy bonita; y decidió pintar el dragón que te dije; y puso delante de él a un hombre hermoso, montado en un caballo bonito, con su espada desenvainada y matando al dragón… Para que me entiendas –dijo caminando hacia la puerta-: tu santo no fue santo porque nunca existió.

Pero nunca tocó el tema objeto de la entrevista.

La entrevista fallida


El padre Catalino vivía en una casa grande y hermosa. Desde hace no mucho tiempo es un hotel-boutique. En el patio exterior de la casa había unos pinos que adornaban una fachada seductora, y dentro, en el centro de otro patio pequeño, había muchas flores de muchos colores, algunas olían tan bonito que con solo inspirar su perfume uno podía imaginar estar en el edén terrenal. Los pisos eran viejos pero estaban bien conservados, igual que las habitaciones, una de las cuales, que tenía balcones a la calle y estaban cerrados, había sido habilitada como biblioteca, y cuando entornaban la puerta se colaban la luz del sol, el polvo y algunos ruidos callejeros que había entonces. Había muchos libros, unos estaban en anaqueles y muchos otros apilados sobre el suelo. Para ir de un lugar a otro había que sortear los montones y abrir bien los ojos porque sólo había un foquito que apenas iluminaba.

-Aquí está la sabiduría de todo –dijo el padre el día que abrió la puerta para entrar-. Hasta los misterios están aquí. –Sopló sobre una pila de libros-: siempre ando diciendo que un día voy a limpiar todo esto y nunca limpio.

Si algo no perdonaba era la hora de la comida: dos de la tarde. Se sentaba a la mesa y se ponía un pañuelo rojo en el pecho. Delante del primer plato inclinaba la cabeza y cerraba los ojos, las manos descansando en la mesa, y luego se persignaba.

-Con tu permiso –decía, y comenzaba a comer en silencio. Nunca hablaba mientras comía; tampoco invitaba a nadie a comer con él.

Chasqueaba con la boca cuando le gustaba la sopa, el guiso y el agua de sabor.

-Ora sí te luciste mujer –decía aludiendo a la cocinera-; si fueras así todos los días.

Cuando terminaba la comida comía el postre y en seguida se limpiaba los dientes con el pañuelo que le había servido de babero, y eructaba haciendo ruido y luego se volvía a su invitado.

-Conque eso es lo que te trae por aquí –dijo ese día, se levantó, cruzó el patio y con una llave enorme abrió la biblioteca. Entró y se detuvo, buscó entre sus ropas y se dio cuenta de que no traía sus lentes. Así que casi entornó los ojos para mirar los anaqueles, luego se volvió hacia los libros apilados: “Pues dónde está este libro”, murmuró para sí.

-Bueno –hizo un ademán con la derecha-, el hecho es que por aquellos tiempos que te dije, a ese lugar que te dije llegó un pintor muy famoso y se quedó a vivir en esa aldea porque estaba muy bonita; y decidió pintar el dragón que te dije; y puso delante de él a un hombre hermoso, montado en un caballo bonito, con su espada desenvainada y matando al dragón… Para que me entiendas –dijo caminando hacia la puerta-: tu santo no fue santo porque nunca existió.

Pero nunca tocó el tema objeto de la entrevista.