/ viernes 8 de noviembre de 2019

El Baúl

Las vicisitudes de la vida


El diputado, que había sido presidente municipal en una demarcación de la sierra gorda de Querétaro, algo escandalizado y hasta incrédulo contaba de cómo habían cambiado una viejecita y un joven que él conocía, que vivían en una delegación municipal del rumbo. Él tenía amistad con ellos desde mucho tiempo antes. Un día encontró al joven cambiado totalmente:

“Vestía ropa de marca, buenos zapatos, traía una texana muy bonita, algunas cadenas y pulseras de oro, y andaba en una camioneta americana nueva. Yo le dije que se veía que le había ido bien. ¿Vendiste la parcela o qué?, porque te veo muy bien, le dije. No, me dijo. Es que estoy trabajando desde hace unos meses en Tamaulipas. ¿Tamaulipas?, le dije. ¿Y por qué hasta allá? Pues hasta allá encontré trabajo, inge, me dijo. Después supe con quién trabajaba…”

Compartió también el caso de una viejecita, sin familia, que cada noche se apostaba en una esquina para vender tacos de guisos; pero apenas vendía lo que le permitía vivir modestamente. “La gente decía que tenía una vida de santa, de tan pobre que estaba…”

Pero desde un día todo cambió:

“De repente, la doñita dejó la calle y rentó un cuartito; dejó la hornilla de carbón y compró una de gas; dejó los banquitos de madera y compró unas mesitas con sus sillas. Hasta zapatos compró en lugar de sus guaraches desgastados que traía… Y un día que yo iba a la casa y pasé por ahí me bajé a saludar a la doñita. ¿Y cómo ha estado, doñita?, le dije; y cuando me miró para contestarme le vi una cara distinta, de contenta, nada de preocupaciones como antes; nada de cejas arrugadas y nada de torcer la boca. Pos´me ha ido bien, bendito sea Dios, me dijo. Luego supe por qué lo decía. Según me dijeron, desde tiempo atrás la viejita vendía droga que metía en los tacos. O sea, que era una tiendita ambulante, porque no siempre vendía en la misma esquina. De donde estaba primero la cambiaron porque hicieron una casa nueva y en el otro lugar también la quitaron porque hicieron otra cosa. Hasta que por fin la dejaron en la esquina de donde se cambió para rentar el cuartito… Pero ya ves cómo es la vida: cuando te portas mal te va mal, y al joven supe después que lo habían matado, y de la doñita no supe más. Parece que un día ya no abrió…”

Algunos serranos cuentan cuanto saben de sus vecinos o de amistades de sus vecinos, jóvenes y mujeres, que se van hacia los Estados Unidos en busca de una vida mejor y nunca dicen dónde y en qué trabajan, aunque no hay necesidad de que lo digan.

-Pero no creas, algunos de ellos invierten bien su dinero, venga de donde venga, porque hacen sus buenas casas, levantan negocios; en fin, se preocupan por sus familias –dijo el diputado que fue presidente municipal.

Las vicisitudes de la vida


El diputado, que había sido presidente municipal en una demarcación de la sierra gorda de Querétaro, algo escandalizado y hasta incrédulo contaba de cómo habían cambiado una viejecita y un joven que él conocía, que vivían en una delegación municipal del rumbo. Él tenía amistad con ellos desde mucho tiempo antes. Un día encontró al joven cambiado totalmente:

“Vestía ropa de marca, buenos zapatos, traía una texana muy bonita, algunas cadenas y pulseras de oro, y andaba en una camioneta americana nueva. Yo le dije que se veía que le había ido bien. ¿Vendiste la parcela o qué?, porque te veo muy bien, le dije. No, me dijo. Es que estoy trabajando desde hace unos meses en Tamaulipas. ¿Tamaulipas?, le dije. ¿Y por qué hasta allá? Pues hasta allá encontré trabajo, inge, me dijo. Después supe con quién trabajaba…”

Compartió también el caso de una viejecita, sin familia, que cada noche se apostaba en una esquina para vender tacos de guisos; pero apenas vendía lo que le permitía vivir modestamente. “La gente decía que tenía una vida de santa, de tan pobre que estaba…”

Pero desde un día todo cambió:

“De repente, la doñita dejó la calle y rentó un cuartito; dejó la hornilla de carbón y compró una de gas; dejó los banquitos de madera y compró unas mesitas con sus sillas. Hasta zapatos compró en lugar de sus guaraches desgastados que traía… Y un día que yo iba a la casa y pasé por ahí me bajé a saludar a la doñita. ¿Y cómo ha estado, doñita?, le dije; y cuando me miró para contestarme le vi una cara distinta, de contenta, nada de preocupaciones como antes; nada de cejas arrugadas y nada de torcer la boca. Pos´me ha ido bien, bendito sea Dios, me dijo. Luego supe por qué lo decía. Según me dijeron, desde tiempo atrás la viejita vendía droga que metía en los tacos. O sea, que era una tiendita ambulante, porque no siempre vendía en la misma esquina. De donde estaba primero la cambiaron porque hicieron una casa nueva y en el otro lugar también la quitaron porque hicieron otra cosa. Hasta que por fin la dejaron en la esquina de donde se cambió para rentar el cuartito… Pero ya ves cómo es la vida: cuando te portas mal te va mal, y al joven supe después que lo habían matado, y de la doñita no supe más. Parece que un día ya no abrió…”

Algunos serranos cuentan cuanto saben de sus vecinos o de amistades de sus vecinos, jóvenes y mujeres, que se van hacia los Estados Unidos en busca de una vida mejor y nunca dicen dónde y en qué trabajan, aunque no hay necesidad de que lo digan.

-Pero no creas, algunos de ellos invierten bien su dinero, venga de donde venga, porque hacen sus buenas casas, levantan negocios; en fin, se preocupan por sus familias –dijo el diputado que fue presidente municipal.