/ viernes 24 de enero de 2020

El Baúl

Compañeras de habitación


Un día amanecieron en la cama. Unas tenían el cuerpo güero y negro las otras. Pero no eran grandes sino pequeñas. Se quedaron tranquilas mientras terminaba la lluvia, aunque se les notaba que no les importaba si hacía calor, viento o frío. Tenían la virtud de que no molestaban a nadie, simplemente hacían lo suyo. Y cuando fue necesario mudar de domicilio, se escondieron entre las cosas de la mudanza sin que nadie se diera cuenta y luego volvieron a hacer lo que era su oficio, moviéndose lento en la cama, de un lado a otro, sin hacer ruido.

Aparecieron después de lo que se creía iba a ser una fiesta sin fin, con tragos bien servidos, músicas de nostalgia, amores en pausas, chacoteo entre amigos, recuerdos de aventuras que jamás volverían y reflexiones dispersas, atadas a filosofías volátiles, al fin y al cabo para eso era la noche.

-No te fíes de las negras, son malas –dijo alguien.

¿Y cómo echarlas de casa si eran buenas compañeras?

Pero llegó el momento en que tenían que irse. Fue cuando cambiaron las ropas de cama, que estaban algo sucias, y era además necesario cambiar el equipaje a otra habitación. Pero no se fueron.

Tiempo después, alguien preguntó por ellas. Las conocía desde veranos pasados. Dijo que siempre llegaban a su casa luego de las tempestades que oscurecían las tardes de lluvias eternas. Pero no se quedaban mucho tiempo. Porque ¿quién aguanta vivir bajo el asedio? En el siguiente verano ya no regresaron, tal vez porque temieron ser agredidas como habían sido agredidas otras como ellas.

-Fue mi abuela –dijo ese alguien.

Era una anciana que lindaba el ocaso de su decrepitud. Era una mujer que se quejaba siempre del clima, se quejaba del sabor que tenía la comida, se quejaba de lo que le molestaba, de lo que le estorbaba, de lo que le aburría. Se quejaba de todo. Y en medio del desorden de su vida, que había sido así, aburrida, desde sus mocedades, una mañana se levantó más ágil que nunca, y apoyada en su bastón fue a la cocina, abrió una gaveta de la alacena, sacó el frasquito que tenía un polvo blanco, y entre pujidos y respirando con algo de dificultad, salió al traspatio y sin vacilar caminó hasta donde ellas estaban, y les aventó el polvo. Y ellas nada pudieron hacer.

-¿Y ustedes, qué hicieron?

-¿Qué íbamos a hacer? –dijo ese alguien-. Si eso sosegaba a la abuela, ¿qué podíamos hacer?

Acá, en la habitación, no molestaban a nadie, y nadie sabía de ellas. Pero quizá ellas temían les sucediera lo que con otras como ellas había hecho la abuela. Así que se fueron una mañana cualquiera. No dejaron rastro de su desaparición. Y nadie volvió a preguntar por las güeras y las negras. Y en el aire se quedó flotando una pregunta que nunca nadie contestó: ¿por qué las hormigas de verano se fueron de mi habitación?

Compañeras de habitación


Un día amanecieron en la cama. Unas tenían el cuerpo güero y negro las otras. Pero no eran grandes sino pequeñas. Se quedaron tranquilas mientras terminaba la lluvia, aunque se les notaba que no les importaba si hacía calor, viento o frío. Tenían la virtud de que no molestaban a nadie, simplemente hacían lo suyo. Y cuando fue necesario mudar de domicilio, se escondieron entre las cosas de la mudanza sin que nadie se diera cuenta y luego volvieron a hacer lo que era su oficio, moviéndose lento en la cama, de un lado a otro, sin hacer ruido.

Aparecieron después de lo que se creía iba a ser una fiesta sin fin, con tragos bien servidos, músicas de nostalgia, amores en pausas, chacoteo entre amigos, recuerdos de aventuras que jamás volverían y reflexiones dispersas, atadas a filosofías volátiles, al fin y al cabo para eso era la noche.

-No te fíes de las negras, son malas –dijo alguien.

¿Y cómo echarlas de casa si eran buenas compañeras?

Pero llegó el momento en que tenían que irse. Fue cuando cambiaron las ropas de cama, que estaban algo sucias, y era además necesario cambiar el equipaje a otra habitación. Pero no se fueron.

Tiempo después, alguien preguntó por ellas. Las conocía desde veranos pasados. Dijo que siempre llegaban a su casa luego de las tempestades que oscurecían las tardes de lluvias eternas. Pero no se quedaban mucho tiempo. Porque ¿quién aguanta vivir bajo el asedio? En el siguiente verano ya no regresaron, tal vez porque temieron ser agredidas como habían sido agredidas otras como ellas.

-Fue mi abuela –dijo ese alguien.

Era una anciana que lindaba el ocaso de su decrepitud. Era una mujer que se quejaba siempre del clima, se quejaba del sabor que tenía la comida, se quejaba de lo que le molestaba, de lo que le estorbaba, de lo que le aburría. Se quejaba de todo. Y en medio del desorden de su vida, que había sido así, aburrida, desde sus mocedades, una mañana se levantó más ágil que nunca, y apoyada en su bastón fue a la cocina, abrió una gaveta de la alacena, sacó el frasquito que tenía un polvo blanco, y entre pujidos y respirando con algo de dificultad, salió al traspatio y sin vacilar caminó hasta donde ellas estaban, y les aventó el polvo. Y ellas nada pudieron hacer.

-¿Y ustedes, qué hicieron?

-¿Qué íbamos a hacer? –dijo ese alguien-. Si eso sosegaba a la abuela, ¿qué podíamos hacer?

Acá, en la habitación, no molestaban a nadie, y nadie sabía de ellas. Pero quizá ellas temían les sucediera lo que con otras como ellas había hecho la abuela. Así que se fueron una mañana cualquiera. No dejaron rastro de su desaparición. Y nadie volvió a preguntar por las güeras y las negras. Y en el aire se quedó flotando una pregunta que nunca nadie contestó: ¿por qué las hormigas de verano se fueron de mi habitación?