/ viernes 30 de octubre de 2020

Humanistas: arte y pasión

La experiencia del arte no es racional solamente, tiene que ver con lo emocional y lo espiritual, de ahí que muchas obras que provienen de la primera abstracción o del expresionismo abstracto manifiesten este sentido, es decir, la obra se convierte en una extensión de las emociones y de la energía que el artista exterioriza en la creación y ejecución de la obra a través del color y el gesto.

Esta condición aplica tanto para las artes plásticas, la danza, la música, la actuación y el canto. Son manifestaciones materiales e inmateriales de la vida emocional y de la imaginación creativa.

En el espacio museístico el visitante participa de una experiencia singular con las obras expuestas, existe en el interior del museo, un ambiente que permite que se lleve a cabo ese encuentro, en el que el espectador se despoja de si, para ser parte de la obra. Es el momento en que la experiencia se hace manifiesta para el observador a través de las emociones, una vez que este ha dejado de lado la idea de cosificar la obra, se introducen a la experiencia. Hans Georg Gadamer nos invita a establecer una relación parecida al juego, en la que estamos inmersos en las reglas del acontecimiento. Por lo tanto, el arte no es objeto, es experiencia hermenéutica, que se tiene que interpretar porque no es algo acabado y finito, que pertenezca al pasado, sino acontecimiento que nos llega como tradición, y solo podemos traerla al presente como interpretación. La interpretación de un espectador de una obra de arte del pasado es una fusión de horizontes, que gracias a nuestra interpretación une ambos tiempos y energías.

En el espacio del museo o la galería se puede llevar a cabo esta experiencia, pero también en el ámbito de lo cotidiano, en lugares sagrados, in situ, cuando visitamos unas ruinas arqueológicas, como Teotihuacán o la Pirámide del Pueblito, vivimos una experiencia frente al acontecimiento que permite la fusión de horizontes temporales.

La experiencia artística es muy parecida a la experiencia mística, porque ambas presentan un misterio, un ocultamiento que sabemos que en cualquier momento acontecerá.

En la imagen y en las formas del arte se nos presenta la ausencia de una realidad.

Para Jea-Luc Nancy es la presencia de la ausencia, no la representación de algo que estaría presente en otro lugar, sino el hecho de que hay realidades ocultas, perdidas, pero que son reales.

Las visitas a los espacios dedicados al arte se han convertido en un ritual, en una peregrinación a la que se acude para descubrir las plegarias contemporáneas, que como peregrinos invocamos preces para desvelar al ser y su unión con el absoluto.

Las experiencias del espíritu humano se manifiestan ahí, exactamente donde lo encontremos acontece el Mysterium Tremendum del arte.

bobiglez@gmail.com

La experiencia del arte no es racional solamente, tiene que ver con lo emocional y lo espiritual, de ahí que muchas obras que provienen de la primera abstracción o del expresionismo abstracto manifiesten este sentido, es decir, la obra se convierte en una extensión de las emociones y de la energía que el artista exterioriza en la creación y ejecución de la obra a través del color y el gesto.

Esta condición aplica tanto para las artes plásticas, la danza, la música, la actuación y el canto. Son manifestaciones materiales e inmateriales de la vida emocional y de la imaginación creativa.

En el espacio museístico el visitante participa de una experiencia singular con las obras expuestas, existe en el interior del museo, un ambiente que permite que se lleve a cabo ese encuentro, en el que el espectador se despoja de si, para ser parte de la obra. Es el momento en que la experiencia se hace manifiesta para el observador a través de las emociones, una vez que este ha dejado de lado la idea de cosificar la obra, se introducen a la experiencia. Hans Georg Gadamer nos invita a establecer una relación parecida al juego, en la que estamos inmersos en las reglas del acontecimiento. Por lo tanto, el arte no es objeto, es experiencia hermenéutica, que se tiene que interpretar porque no es algo acabado y finito, que pertenezca al pasado, sino acontecimiento que nos llega como tradición, y solo podemos traerla al presente como interpretación. La interpretación de un espectador de una obra de arte del pasado es una fusión de horizontes, que gracias a nuestra interpretación une ambos tiempos y energías.

En el espacio del museo o la galería se puede llevar a cabo esta experiencia, pero también en el ámbito de lo cotidiano, en lugares sagrados, in situ, cuando visitamos unas ruinas arqueológicas, como Teotihuacán o la Pirámide del Pueblito, vivimos una experiencia frente al acontecimiento que permite la fusión de horizontes temporales.

La experiencia artística es muy parecida a la experiencia mística, porque ambas presentan un misterio, un ocultamiento que sabemos que en cualquier momento acontecerá.

En la imagen y en las formas del arte se nos presenta la ausencia de una realidad.

Para Jea-Luc Nancy es la presencia de la ausencia, no la representación de algo que estaría presente en otro lugar, sino el hecho de que hay realidades ocultas, perdidas, pero que son reales.

Las visitas a los espacios dedicados al arte se han convertido en un ritual, en una peregrinación a la que se acude para descubrir las plegarias contemporáneas, que como peregrinos invocamos preces para desvelar al ser y su unión con el absoluto.

Las experiencias del espíritu humano se manifiestan ahí, exactamente donde lo encontremos acontece el Mysterium Tremendum del arte.

bobiglez@gmail.com

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