/ viernes 27 de marzo de 2020

Humanitas: arte y pasión

Melancolía es un grabado del artista alemán renacentista Alberto Durero (1471-1514). Sobre la melancolía, el filósofo griego Aristóteles había señalado los cuatro temperamentos del ser humano: el sanguíneo que es alegre y dulce; el colérico que es violento, el flemático que es apacible, tranquilo, y el melancólico que es el de los artistas y rebeldes.

Filósofos, artistas y poetas, todos ellos padecen la bilis negra, pero poseen, sin embargo, una vocación genial.

En este grabado Durero dibuja a un personaje alado que representa al artista, con las alas de la grandeza y la corona de laureles. Este artista es el hombre sabio, que esta agobiado por su temperamento melancólico y por los influjos de Saturno el planeta que lo gobierna.

Su mirada está contemplando la naturaleza y la desazón del espíritu. Está mirando hacia donde nosotros no podemos ver, hacia ese territorio que está del otro lado.

Su condición contemplativa es una síntesis de la acidia y la melancolía, que en la Edad media era un pecado capital que se asociaba a la pereza y a la distracción banal. Padecimiento muy común entre los frailes de los conventos medievales. Que más tarde el renacimiento valorará este padecimiento porque es la marca o el signo de los creadores.

A los melancólicos la tristeza y la desesperación los abordan constantemente porque quieren ver el sumo bien, lo inaccesible, lo que está del otro lado. Intuyen que el bien es algo que está en nosotros mismos y somos el instrumento para que acontezca.

El Renacimiento reivindicó la melancolía como un temperamento de los hombres sabios y creadores, expulsando el sentido pecaminoso o satánico con que se le relacionaba.

Los nacidos bajo este temperamento admiten que han perdido algo que les angustia, pero no saben que han perdido.

El personaje que aparece en la obra de Durero se sujeta la cabeza con la mano izquierda, síntoma particular de la acidia, con la mano derecha un compás, y sobre la rodilla un libro cerrado. Del cíngulo cuelgan unas llaves de posibles puertas que demoran misterios.

A sus pies se encuentran objetos que representan oficios y quehaceres artísticos. Un martillo, una plomada, regla, clavos, tintero, pluma… Que ahora ya no le son útiles a este personaje de rostro desconsolado, en el fondo un arcoíris enmarca un cometa que ilumina la escena. En el suelo se aprecia un poliedro, que para algunos representa la piedra filosofal de la tradición alquímica; otros la relacionan con la alunita, un mineral que se utiliza para fabricar alumbre, material que en el siglo XV se utilizaba para preparar aglutinantes para la pintura al temple a base de clara de huevo.

A los pies de la figura aparece una esfera que nos recuerda que la alquimia tiene la geometría en la base de su enseñanza. La perfección de la esfera. “Lo que tiene el menor número de ángulos es lo que está más cerca de la belleza y la simplicidad”.

Ahí también está un perro famélico, símbolo de la fidelidad, pero está encorvado, lo que nos remite al Uroboros la serpiente que se muerde la cola como símbolo de la purificación. A un lado está una rueda de molino, que en el proceso alquímico simboliza la putrefacción. Como en la agricultura se transforma la semilla y se convierte en planta y en el caldero alquímico los metales en sustancia primordial. Ambos provienen del seno de la tierra. Sobre el molino está sentado un niño o angelillo que dibuja o escribe sobre una tablilla. Esta obra merece muchas más interpretaciones que seguiremos mencionando en esta columna.

Cuídense mucho queridos lectores y quédense en casa.

bobiglez@gmail.com

Melancolía es un grabado del artista alemán renacentista Alberto Durero (1471-1514). Sobre la melancolía, el filósofo griego Aristóteles había señalado los cuatro temperamentos del ser humano: el sanguíneo que es alegre y dulce; el colérico que es violento, el flemático que es apacible, tranquilo, y el melancólico que es el de los artistas y rebeldes.

Filósofos, artistas y poetas, todos ellos padecen la bilis negra, pero poseen, sin embargo, una vocación genial.

En este grabado Durero dibuja a un personaje alado que representa al artista, con las alas de la grandeza y la corona de laureles. Este artista es el hombre sabio, que esta agobiado por su temperamento melancólico y por los influjos de Saturno el planeta que lo gobierna.

Su mirada está contemplando la naturaleza y la desazón del espíritu. Está mirando hacia donde nosotros no podemos ver, hacia ese territorio que está del otro lado.

Su condición contemplativa es una síntesis de la acidia y la melancolía, que en la Edad media era un pecado capital que se asociaba a la pereza y a la distracción banal. Padecimiento muy común entre los frailes de los conventos medievales. Que más tarde el renacimiento valorará este padecimiento porque es la marca o el signo de los creadores.

A los melancólicos la tristeza y la desesperación los abordan constantemente porque quieren ver el sumo bien, lo inaccesible, lo que está del otro lado. Intuyen que el bien es algo que está en nosotros mismos y somos el instrumento para que acontezca.

El Renacimiento reivindicó la melancolía como un temperamento de los hombres sabios y creadores, expulsando el sentido pecaminoso o satánico con que se le relacionaba.

Los nacidos bajo este temperamento admiten que han perdido algo que les angustia, pero no saben que han perdido.

El personaje que aparece en la obra de Durero se sujeta la cabeza con la mano izquierda, síntoma particular de la acidia, con la mano derecha un compás, y sobre la rodilla un libro cerrado. Del cíngulo cuelgan unas llaves de posibles puertas que demoran misterios.

A sus pies se encuentran objetos que representan oficios y quehaceres artísticos. Un martillo, una plomada, regla, clavos, tintero, pluma… Que ahora ya no le son útiles a este personaje de rostro desconsolado, en el fondo un arcoíris enmarca un cometa que ilumina la escena. En el suelo se aprecia un poliedro, que para algunos representa la piedra filosofal de la tradición alquímica; otros la relacionan con la alunita, un mineral que se utiliza para fabricar alumbre, material que en el siglo XV se utilizaba para preparar aglutinantes para la pintura al temple a base de clara de huevo.

A los pies de la figura aparece una esfera que nos recuerda que la alquimia tiene la geometría en la base de su enseñanza. La perfección de la esfera. “Lo que tiene el menor número de ángulos es lo que está más cerca de la belleza y la simplicidad”.

Ahí también está un perro famélico, símbolo de la fidelidad, pero está encorvado, lo que nos remite al Uroboros la serpiente que se muerde la cola como símbolo de la purificación. A un lado está una rueda de molino, que en el proceso alquímico simboliza la putrefacción. Como en la agricultura se transforma la semilla y se convierte en planta y en el caldero alquímico los metales en sustancia primordial. Ambos provienen del seno de la tierra. Sobre el molino está sentado un niño o angelillo que dibuja o escribe sobre una tablilla. Esta obra merece muchas más interpretaciones que seguiremos mencionando en esta columna.

Cuídense mucho queridos lectores y quédense en casa.

bobiglez@gmail.com

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