/ viernes 3 de julio de 2020

Humanitas: arte y pasión

Retornar a la contemplación detenida, la demora, el aplazamiento en estos tiempos de vértigo e interacción, de interfaces y conectividad desmedida es una virtud, un ritual casi religioso.
La contemplación detenida es la que nos permite ver más allá de la superficie del objeto, desde la apariencia y la diferencia. Descubrir las presencias ocultas que se encuentran en los objetos artísticos, en las formas y en los seres del mundo; hacer posible lo invisible, lo oculto, lo inefable, hacer extraordinario lo ordinario.

Desde el territorio del arte se pueden manifestar ideas que a veces, desde los límites de la razón, resultan complicadas o imposibles. Pero el arte a veces nos da respuestas que la razón no puede.
El exceso de razón occidental que domina el mundo, ha obligado al sujeto a mirar sin pausas, a exigir certezas o explicaciones inmediatas, en el instante mismo, de lo que se presencia o acontece, de no ser así, el sujeto lo desecha, lo relega o lo niega en el mejor de los casos.

No permitimos la contemplación detenida. Contemplar es una forma de ver el mundo, de verse así mismo, no es convertirse en un espectador, es una estrategia para revelar las presencias que están más allá del sentido univoco.

En clave de Jacques Derrida sería algo así como la différance, es decir, que en lo que percibimos hay más de un sentido, y no el univoco sentido dogmático de la certeza. Una de las posibilidades de sentido es que se pueda percibir en la imagen o el objeto artístico una presencia, una manifestación de algo que la razón niega o no puede comprender.
Lo que llamamos sagrado, no entendido como un sentido opuesto a lo profano, sino como algo que se descubre o devela en el ejercicio de la contemplación, por ejemplo en una obra de arte, la naturaleza en toda su magnificencia.
Muchas experiencias del arte contemporáneo se aproximan a los ejercicios espirituales con los que se alcanzan diferentes estados de conciencia.

En la contemplación detenida de una obra de arte, se obtiene un estado de conciencia capaz de hacernos descubrir otros sentidos o las presencias que han sido negadas por la racionalidad.
En los ejercicios espirituales de los jesuitas se obliga al silencio para realizar una reflexión profunda de la experiencia misma que se está viviendo. Estos estados o desiertos de silencio también están relacionados con algunas de las experiencias que proponen algunos artistas del arte contemporáneo.
Estas meditaciones sobre la obra de arte, y la posibilidad de la contemplación detenida, son experienciales, un intersticio, una abertura que se presenta en la obra de algunos artistas modernos y contemporáneos. Podemos evocar algunos artistas como Marcel Duchamp y sus objetos ya hechos e inútiles; al ruso Kazimir Malevich y sus abstracciones monocromas. Constantin Brancusi y la esencia de las formas en sus pájaros, en las piedras o en sus columnas infinitas; Joseph Beuys y sus rituales de sanación; en Mark Rothko la manifestación de una presencia en los campos de color. Donald Judd y la simplicidad de una forma compleja. Alejandro Jodorowsky el artista-chamán que convive con una presencia invisible “el Rebe “y su danza de la realidad.
Marina Abramovic, señora del día y de la noche; maga, vestal, bruja, artista, nos conmina a participar en rituales en los cuales el colectivo, el público participa y experimenta distintas emociones y sentidos a través de la experiencia del arte.
En el capitalismo salvaje el arte está concebido únicamente como materialidad, haciendo posible solo su valor de cambio y olvidando el valor de uso. Afortunadamente cada vez vemos más personas interesadas en las prácticas artísticas en donde encuentran los indicios y señales intangibles de un espíritu refinado y estoico.

bobiglez@gmail.com

Retornar a la contemplación detenida, la demora, el aplazamiento en estos tiempos de vértigo e interacción, de interfaces y conectividad desmedida es una virtud, un ritual casi religioso.
La contemplación detenida es la que nos permite ver más allá de la superficie del objeto, desde la apariencia y la diferencia. Descubrir las presencias ocultas que se encuentran en los objetos artísticos, en las formas y en los seres del mundo; hacer posible lo invisible, lo oculto, lo inefable, hacer extraordinario lo ordinario.

Desde el territorio del arte se pueden manifestar ideas que a veces, desde los límites de la razón, resultan complicadas o imposibles. Pero el arte a veces nos da respuestas que la razón no puede.
El exceso de razón occidental que domina el mundo, ha obligado al sujeto a mirar sin pausas, a exigir certezas o explicaciones inmediatas, en el instante mismo, de lo que se presencia o acontece, de no ser así, el sujeto lo desecha, lo relega o lo niega en el mejor de los casos.

No permitimos la contemplación detenida. Contemplar es una forma de ver el mundo, de verse así mismo, no es convertirse en un espectador, es una estrategia para revelar las presencias que están más allá del sentido univoco.

En clave de Jacques Derrida sería algo así como la différance, es decir, que en lo que percibimos hay más de un sentido, y no el univoco sentido dogmático de la certeza. Una de las posibilidades de sentido es que se pueda percibir en la imagen o el objeto artístico una presencia, una manifestación de algo que la razón niega o no puede comprender.
Lo que llamamos sagrado, no entendido como un sentido opuesto a lo profano, sino como algo que se descubre o devela en el ejercicio de la contemplación, por ejemplo en una obra de arte, la naturaleza en toda su magnificencia.
Muchas experiencias del arte contemporáneo se aproximan a los ejercicios espirituales con los que se alcanzan diferentes estados de conciencia.

En la contemplación detenida de una obra de arte, se obtiene un estado de conciencia capaz de hacernos descubrir otros sentidos o las presencias que han sido negadas por la racionalidad.
En los ejercicios espirituales de los jesuitas se obliga al silencio para realizar una reflexión profunda de la experiencia misma que se está viviendo. Estos estados o desiertos de silencio también están relacionados con algunas de las experiencias que proponen algunos artistas del arte contemporáneo.
Estas meditaciones sobre la obra de arte, y la posibilidad de la contemplación detenida, son experienciales, un intersticio, una abertura que se presenta en la obra de algunos artistas modernos y contemporáneos. Podemos evocar algunos artistas como Marcel Duchamp y sus objetos ya hechos e inútiles; al ruso Kazimir Malevich y sus abstracciones monocromas. Constantin Brancusi y la esencia de las formas en sus pájaros, en las piedras o en sus columnas infinitas; Joseph Beuys y sus rituales de sanación; en Mark Rothko la manifestación de una presencia en los campos de color. Donald Judd y la simplicidad de una forma compleja. Alejandro Jodorowsky el artista-chamán que convive con una presencia invisible “el Rebe “y su danza de la realidad.
Marina Abramovic, señora del día y de la noche; maga, vestal, bruja, artista, nos conmina a participar en rituales en los cuales el colectivo, el público participa y experimenta distintas emociones y sentidos a través de la experiencia del arte.
En el capitalismo salvaje el arte está concebido únicamente como materialidad, haciendo posible solo su valor de cambio y olvidando el valor de uso. Afortunadamente cada vez vemos más personas interesadas en las prácticas artísticas en donde encuentran los indicios y señales intangibles de un espíritu refinado y estoico.

bobiglez@gmail.com

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