/ martes 7 de mayo de 2019

Las políticas de austeridad

No pocos vimos las fotos de los zapatos de López Obrador hace apenas unas semanas: desgastados y sin bolear. Más pronto que tarde sus defensores saltaron a toda red social y medio a elogiar ese -ahora emblema- de “austeridad republicana”, mientras que sus detractores también utilizaron un buen espacio de tiempo para cuestionar la impropia imagen presidencial.

El debate sobre la austeridad es un tema de la agenda pública que mucho importa a los ciudadanos pero que indudablemente se encuentra mal enfocado como resultado de la polarización social que hoy contagia cualquier tema que se vincule al quehacer presidencial.

El tema no deben ser los zapatos, ni siquiera la imagen del ejecutivo que para bien o para mal ha ido perdiendo ese halo celestial que se encumbró durante el más rancio período del presidencialismo mexicano. El debate no debe ser de forma, sino de fondo. El debate sí debe de ser: qué es, dónde está, cómo se aplica o cómo debe aplicarse la austeridad de un gobierno moderno, sea de izquierda o derecha ideológica.

Si lo observamos a detalle, muchos de los temas que han generado encono nacional pasan por la lógica de lo que se comprende por austeridad, desde el uso o no de un Jetta como medio de transporte del ejecutivo, la venta o no de un avión presidencial, la reducción de los salarios de la alta burocracia o los sueldos de los ministros de la suprema corte. Hoy en día, las mayores discusiones en la política mexicana pasan generalmente por lo que cada ciudadano considera que debe ser ahorro y lo que debe ser gasto público y ello es indudablemente un debate relevante y sano, siempre y cuando se hagan los cuestionamientos de fondo sobre la austeridad en el gasto y no se queden a un nivel superficial o de percepción.

Porque indudablemente el debate sobre la austeridad puede ser engañoso. Los electores aman las propuestas de austeridad, pero el pasado reciente ha mostrado contrapuntos interesantes, como lo sucedido en Estados Unidos en 2008 cuando los ciudadanos exigieron el regreso de instituciones y regulaciones estatales que engrosaban el aparato federal ante el mal comportamiento de organismos financieros privados que desembocó en una crisis financiera de impacto internacional. De manera similar, en Europa pareciera que siempre que un gobierno aplica medidas de austeridad relevantes en su gasto público está condenado a ser borrado y desechado por los electores en los siguientes comicios.

¿Cuál es entonces el problema con la austeridad? La austeridad es buena y efectiva cuando se trata de generar ahorro y prevenir recesiones económicas pero históricamente ha sido contraproducente como política para generar empleo, pues una reducción del gasto público también es una reducción de los ingresos privados y ello repercute directamente en la mano de obra que se contrata para generar los bienes y servicios derivados de las compras de gobierno.

Por ello, una política de austeridad es deseable siempre, sobre todo cuando se viene de una administración pasada con sórdidos niveles de despilfarro y corrupción, pero debe valorarse que el crecimiento económico sólo se logra ampliando el gasto público como eje relevante de la actividad económica y promotora del empleo. En ese sentido la austeridad no debe ser comprendida como un ejercicio de no gasto, sino como una actividad de gasto responsable, transparente y promotor de la economía, más allá de si los zapatos de los funcionarios públicos están o no limpios.

Lorena Jiménez Salcedo

Presidenta de COPARMEX

No pocos vimos las fotos de los zapatos de López Obrador hace apenas unas semanas: desgastados y sin bolear. Más pronto que tarde sus defensores saltaron a toda red social y medio a elogiar ese -ahora emblema- de “austeridad republicana”, mientras que sus detractores también utilizaron un buen espacio de tiempo para cuestionar la impropia imagen presidencial.

El debate sobre la austeridad es un tema de la agenda pública que mucho importa a los ciudadanos pero que indudablemente se encuentra mal enfocado como resultado de la polarización social que hoy contagia cualquier tema que se vincule al quehacer presidencial.

El tema no deben ser los zapatos, ni siquiera la imagen del ejecutivo que para bien o para mal ha ido perdiendo ese halo celestial que se encumbró durante el más rancio período del presidencialismo mexicano. El debate no debe ser de forma, sino de fondo. El debate sí debe de ser: qué es, dónde está, cómo se aplica o cómo debe aplicarse la austeridad de un gobierno moderno, sea de izquierda o derecha ideológica.

Si lo observamos a detalle, muchos de los temas que han generado encono nacional pasan por la lógica de lo que se comprende por austeridad, desde el uso o no de un Jetta como medio de transporte del ejecutivo, la venta o no de un avión presidencial, la reducción de los salarios de la alta burocracia o los sueldos de los ministros de la suprema corte. Hoy en día, las mayores discusiones en la política mexicana pasan generalmente por lo que cada ciudadano considera que debe ser ahorro y lo que debe ser gasto público y ello es indudablemente un debate relevante y sano, siempre y cuando se hagan los cuestionamientos de fondo sobre la austeridad en el gasto y no se queden a un nivel superficial o de percepción.

Porque indudablemente el debate sobre la austeridad puede ser engañoso. Los electores aman las propuestas de austeridad, pero el pasado reciente ha mostrado contrapuntos interesantes, como lo sucedido en Estados Unidos en 2008 cuando los ciudadanos exigieron el regreso de instituciones y regulaciones estatales que engrosaban el aparato federal ante el mal comportamiento de organismos financieros privados que desembocó en una crisis financiera de impacto internacional. De manera similar, en Europa pareciera que siempre que un gobierno aplica medidas de austeridad relevantes en su gasto público está condenado a ser borrado y desechado por los electores en los siguientes comicios.

¿Cuál es entonces el problema con la austeridad? La austeridad es buena y efectiva cuando se trata de generar ahorro y prevenir recesiones económicas pero históricamente ha sido contraproducente como política para generar empleo, pues una reducción del gasto público también es una reducción de los ingresos privados y ello repercute directamente en la mano de obra que se contrata para generar los bienes y servicios derivados de las compras de gobierno.

Por ello, una política de austeridad es deseable siempre, sobre todo cuando se viene de una administración pasada con sórdidos niveles de despilfarro y corrupción, pero debe valorarse que el crecimiento económico sólo se logra ampliando el gasto público como eje relevante de la actividad económica y promotora del empleo. En ese sentido la austeridad no debe ser comprendida como un ejercicio de no gasto, sino como una actividad de gasto responsable, transparente y promotor de la economía, más allá de si los zapatos de los funcionarios públicos están o no limpios.

Lorena Jiménez Salcedo

Presidenta de COPARMEX

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