/ miércoles 8 de enero de 2020

Sólo para villamelones

José Mauricio era un torero consentido de la Plaza México, o mejor dicho, de la empresa del coso de Insurgentes de hace algunos ayeres. Toreaba con regularidad y parecía un elemento insalvable en la confección de carteles para las temporadas grandes.

Pero esa buena posición acabó un día por desaparecer, y José Mauricio no sólo no fue contratado con la regularidad de antaño, sino que, incluso, desapareció de los carteles de la llamada plaza más importante del país. Y se volvió invisible, o casi.

Pero un torero, además de parecerlo, debe serlo por dentro; tener esas características de personalidad que animan a no desfallecer, a ser necio, constante, sacrificado, entregado y disciplinado en exceso. Todo eso lo deben tener los jovencitos que inician en carrera tan compleja, pero también es la única tabla de salvación para los que no se logran mantener en la cúspide.

Y José Mauricio, ese joven torero que gusta de la soledad y de mirar películas de Cantinflas en la intimidad de su habitación de hotel, antes de enfundarse un traje de luces, tiene, como se ha demostrado, esas características vitales.

Tras la caída, en esos momentos de ausencia de las plazas de toros, que deben haber sido dolorosísimos, el torero no sólo no se desmoronó, sino que, a semejanza del Ave Fénix, volvió a emprender el vuelo desde lo que parecían sus cenizas. En esa empresa contó con el asesoramiento y la confianza de un grupo de personas, entre las que destaca Alejandro Peláez, quien en alguna etapa de su vida fue novillero, y quién se convirtió en su apoderado.

Fueron dos años de correr la legua, de transitar por el camino largo de las plazas pequeñas, de irse ganando de a poco, y de nuevo, un lugar. Dos años de sacrificios y de sumar triunfos que, a fuerza de golpear, acabaron por ser visibles. Y José Mauricio regresó a la México, en una corrida sin demasiados reflectores, de esas que presagian ya las vacaciones decembrinas.

Y la armó. Se jugó la vida y la carrera en una tarde. Con aquellos toros de Barralva, más que las dos orejas que como premió recibió, José Mauricio se reivindicó contundentemente, porque llegó al alma de los espectadores con un toreo tan serio como entregado. Lo repitieron al domingo siguiente y volvió a triunfar, ahora con ganado de Montecristo.

En el mundo del toro a veces se dan las resurrecciones (basta recordar a El Pana, que se despedía y que inició, inesperadamente, la mejor etapa de su vida torera), pero nunca se dan gratuitamente. La de José Mauricio Morett ha sido una resurrección trabajada desde el silencio y el sacrificio, desde la humildad y la persistencia. Se trata de un torero que ahora sabe muy bien lo que cuesta serlo.

José Mauricio era un torero consentido de la Plaza México, o mejor dicho, de la empresa del coso de Insurgentes de hace algunos ayeres. Toreaba con regularidad y parecía un elemento insalvable en la confección de carteles para las temporadas grandes.

Pero esa buena posición acabó un día por desaparecer, y José Mauricio no sólo no fue contratado con la regularidad de antaño, sino que, incluso, desapareció de los carteles de la llamada plaza más importante del país. Y se volvió invisible, o casi.

Pero un torero, además de parecerlo, debe serlo por dentro; tener esas características de personalidad que animan a no desfallecer, a ser necio, constante, sacrificado, entregado y disciplinado en exceso. Todo eso lo deben tener los jovencitos que inician en carrera tan compleja, pero también es la única tabla de salvación para los que no se logran mantener en la cúspide.

Y José Mauricio, ese joven torero que gusta de la soledad y de mirar películas de Cantinflas en la intimidad de su habitación de hotel, antes de enfundarse un traje de luces, tiene, como se ha demostrado, esas características vitales.

Tras la caída, en esos momentos de ausencia de las plazas de toros, que deben haber sido dolorosísimos, el torero no sólo no se desmoronó, sino que, a semejanza del Ave Fénix, volvió a emprender el vuelo desde lo que parecían sus cenizas. En esa empresa contó con el asesoramiento y la confianza de un grupo de personas, entre las que destaca Alejandro Peláez, quien en alguna etapa de su vida fue novillero, y quién se convirtió en su apoderado.

Fueron dos años de correr la legua, de transitar por el camino largo de las plazas pequeñas, de irse ganando de a poco, y de nuevo, un lugar. Dos años de sacrificios y de sumar triunfos que, a fuerza de golpear, acabaron por ser visibles. Y José Mauricio regresó a la México, en una corrida sin demasiados reflectores, de esas que presagian ya las vacaciones decembrinas.

Y la armó. Se jugó la vida y la carrera en una tarde. Con aquellos toros de Barralva, más que las dos orejas que como premió recibió, José Mauricio se reivindicó contundentemente, porque llegó al alma de los espectadores con un toreo tan serio como entregado. Lo repitieron al domingo siguiente y volvió a triunfar, ahora con ganado de Montecristo.

En el mundo del toro a veces se dan las resurrecciones (basta recordar a El Pana, que se despedía y que inició, inesperadamente, la mejor etapa de su vida torera), pero nunca se dan gratuitamente. La de José Mauricio Morett ha sido una resurrección trabajada desde el silencio y el sacrificio, desde la humildad y la persistencia. Se trata de un torero que ahora sabe muy bien lo que cuesta serlo.

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