/ miércoles 5 de agosto de 2020

Sólo para villemelones

La vuelta a la actividad taurina me ha dejado, más bien, un sabor agrio. Concretamente la corrida de Orduña, y los muchos comentarios alrededor de ella, me han removido cierta desesperanza en el alma. Al menos, me ha quedado un poco más claro que esto de la pandemia podrá ser un agitador económico, pero no de conciencias.

No debería ser pesimista si apelamos a que se trató de un festejo con buena asistencia de público, aunque con las consabidas restricciones en el número por el tema sanitario, que fue televisado, y que dos de los alternantes se fueron con orejas de sus bureles. Y, sobre todo, no debería de ser así si recapitulamos en que Diego Ventura, uno de los alternantes, causó una gratísima impresión con su desempeño, acompañado del debut de varios interesantes caballos de su renovada cuadra.

Se trató de una corrida en la que quedó claro que Enrique Ponce viene dispuesto a recuperar el tiempo perdido, dentro y fuera del ruedo, y que Ventura es, hoy por hoy y sin dudas, el más importante rejoneador del mundo. Pero…

Varios detalles son los que animan mi pesimismo: El que el rejoneador haya llevado sus propios toros, que Ponce haya metido en el cartel, con tanta necesidad de corridas que existen hoy por hoy entre los profesionales del toreo, a su compadre, Javier Conde, y hasta que se haya coreado con tanto entusiasmo el nombre de Diego, cuando el jinete descabelló un toro que se negaba a salir del ruedo desde el burladero. Eso sin contar la superficial animosidad que la prensa del corazón le ha dado al nuevo romance de Ponce, y al hecho de que el diestro valenciano haya trocado su tradicional cruz sobre la arena por el “A” de su nueva amada.

Lo de Conde, escaso de sitio y de valor, a todas luces fue un despropósito, y el detalle de Ventura, más allá de su efectividad, uno de esos hechos que empequeñecen a la Fiesta. Lo del cantaor desde el tendido, por otro lado, un frustrado intento de espectacularidad sin consumar.

La de Osuna fue una corrida exitosa, sin embargo. Se cortaron cinco orejas y dos de los tres alternantes salieron a hombros. Pero la de Osuna fue también una corrida que vino a decirnos, clarito y contundentemente, que esto de la Fiesta de los Toros va a seguir el mismo derrotero de siempre. Que seguirá siendo el éxito que la consume.

La vuelta a la actividad taurina me ha dejado, más bien, un sabor agrio. Concretamente la corrida de Orduña, y los muchos comentarios alrededor de ella, me han removido cierta desesperanza en el alma. Al menos, me ha quedado un poco más claro que esto de la pandemia podrá ser un agitador económico, pero no de conciencias.

No debería ser pesimista si apelamos a que se trató de un festejo con buena asistencia de público, aunque con las consabidas restricciones en el número por el tema sanitario, que fue televisado, y que dos de los alternantes se fueron con orejas de sus bureles. Y, sobre todo, no debería de ser así si recapitulamos en que Diego Ventura, uno de los alternantes, causó una gratísima impresión con su desempeño, acompañado del debut de varios interesantes caballos de su renovada cuadra.

Se trató de una corrida en la que quedó claro que Enrique Ponce viene dispuesto a recuperar el tiempo perdido, dentro y fuera del ruedo, y que Ventura es, hoy por hoy y sin dudas, el más importante rejoneador del mundo. Pero…

Varios detalles son los que animan mi pesimismo: El que el rejoneador haya llevado sus propios toros, que Ponce haya metido en el cartel, con tanta necesidad de corridas que existen hoy por hoy entre los profesionales del toreo, a su compadre, Javier Conde, y hasta que se haya coreado con tanto entusiasmo el nombre de Diego, cuando el jinete descabelló un toro que se negaba a salir del ruedo desde el burladero. Eso sin contar la superficial animosidad que la prensa del corazón le ha dado al nuevo romance de Ponce, y al hecho de que el diestro valenciano haya trocado su tradicional cruz sobre la arena por el “A” de su nueva amada.

Lo de Conde, escaso de sitio y de valor, a todas luces fue un despropósito, y el detalle de Ventura, más allá de su efectividad, uno de esos hechos que empequeñecen a la Fiesta. Lo del cantaor desde el tendido, por otro lado, un frustrado intento de espectacularidad sin consumar.

La de Osuna fue una corrida exitosa, sin embargo. Se cortaron cinco orejas y dos de los tres alternantes salieron a hombros. Pero la de Osuna fue también una corrida que vino a decirnos, clarito y contundentemente, que esto de la Fiesta de los Toros va a seguir el mismo derrotero de siempre. Que seguirá siendo el éxito que la consume.

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