/ miércoles 19 de junio de 2019

Valor-es Educación

Educación y equidad ¿falda o pantalón?


Recientemente ha llamado la atención la propuesta sobre el uso del uniforme neutro en la Ciudad de México. Dicha propuesta sugería de inicio que el uso de falda ya no sería exclusivo para niñas y el pantalón para niños y, entre otras cosas, podría promover la igualdad de derechos rompiendo estereotipos entre niños y niñas.

El tema de la igualdad de derechos en México, en especial en educación, es complejo. El Plan Nacional de Desarrollo 2019-2024 indica que “se impulsará la igualdad como principio rector: la igualdad efectiva de derechos entre mujeres y hombres, entre indígenas y mestizos, entre jóvenes y adultos, y se comprometerá́ en la erradicación de las prácticas discriminatorias que han perpetuado la opresión de sectores poblacionales enteros”. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), establece que “en México se debe asegurar que todos los niños y jóvenes, incluidos aquellos provenientes de entornos socioeconómicos desfavorecidos y de familias indígenas, tengan las mismas oportunidades educativas”.

Según datos del INEGI, uno de cada diez mexicanos es indígena, aunque la cifra pudiera ser del doble. Entre las edades de 25 y 64 años sólo el 24% de la población indígena ha completado la primaria, el 21% la secundaria, y el 9.7% y 6.6% la educación media superior y superior, respectivamente. Además, el analfabetismo es de 17.8% para personas indígenas de 15 años y más, cuatro veces mayor que para el resto de la población y se estima que sólo el 1% de la matrícula universitaria está integrada por población indígena.

Adicionalmente, el INEGI reporta que aproximadamente el 6% de la población mexicana presenta alguna discapacidad y, de acuerdo con el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED), sólo el 28% tiene acceso a la educación media superior y superior. La combinación de violencia de género y discapacidad agrava aún más la vulnerabilidad frente a la discriminación en contra de las mujeres y niñas con discapacidad.

Las desigualdades de género, rodeadas de estereotipos, disminuyen las oportunidades de las mujeres para acceder a la educación, principalmente media superior y superior. De acuerdo con la OCDE, las opciones de estudio o empleo para las niñas y las mujeres mexicanas están limitadas por actividades domésticas y de cuidado de la familia. A pesar de que las niñas presentan rendimientos escolares incluso mejores que los niños, más de una tercera parte de ellas, entre 15 y 29 años, no estudia ni trabaja comparado con uno de cada diez varones y en total representan el 22% de la población económicamente activa. En cuanto a cobertura para educación superior en México, la OCDE ha reportado que es del 38%. Para el 2016, el 63% de los adultos entre 25 y 64 años sólo contaba con educación por abajo de media superior, cifra tres veces mayor que el promedio de los países de la OCDE.

Generar estrategias de inclusión y equidad que garanticen sin distinción las mismas oportunidades de educación y desarrollo para las niñas y los niños de nuestro país es indispensable. El reto es enorme, se requerirán grandes esfuerzos y muchas voluntades. Así las cosas, si usan falda o pantalón, es lo de menos.

Educación y equidad ¿falda o pantalón?


Recientemente ha llamado la atención la propuesta sobre el uso del uniforme neutro en la Ciudad de México. Dicha propuesta sugería de inicio que el uso de falda ya no sería exclusivo para niñas y el pantalón para niños y, entre otras cosas, podría promover la igualdad de derechos rompiendo estereotipos entre niños y niñas.

El tema de la igualdad de derechos en México, en especial en educación, es complejo. El Plan Nacional de Desarrollo 2019-2024 indica que “se impulsará la igualdad como principio rector: la igualdad efectiva de derechos entre mujeres y hombres, entre indígenas y mestizos, entre jóvenes y adultos, y se comprometerá́ en la erradicación de las prácticas discriminatorias que han perpetuado la opresión de sectores poblacionales enteros”. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), establece que “en México se debe asegurar que todos los niños y jóvenes, incluidos aquellos provenientes de entornos socioeconómicos desfavorecidos y de familias indígenas, tengan las mismas oportunidades educativas”.

Según datos del INEGI, uno de cada diez mexicanos es indígena, aunque la cifra pudiera ser del doble. Entre las edades de 25 y 64 años sólo el 24% de la población indígena ha completado la primaria, el 21% la secundaria, y el 9.7% y 6.6% la educación media superior y superior, respectivamente. Además, el analfabetismo es de 17.8% para personas indígenas de 15 años y más, cuatro veces mayor que para el resto de la población y se estima que sólo el 1% de la matrícula universitaria está integrada por población indígena.

Adicionalmente, el INEGI reporta que aproximadamente el 6% de la población mexicana presenta alguna discapacidad y, de acuerdo con el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED), sólo el 28% tiene acceso a la educación media superior y superior. La combinación de violencia de género y discapacidad agrava aún más la vulnerabilidad frente a la discriminación en contra de las mujeres y niñas con discapacidad.

Las desigualdades de género, rodeadas de estereotipos, disminuyen las oportunidades de las mujeres para acceder a la educación, principalmente media superior y superior. De acuerdo con la OCDE, las opciones de estudio o empleo para las niñas y las mujeres mexicanas están limitadas por actividades domésticas y de cuidado de la familia. A pesar de que las niñas presentan rendimientos escolares incluso mejores que los niños, más de una tercera parte de ellas, entre 15 y 29 años, no estudia ni trabaja comparado con uno de cada diez varones y en total representan el 22% de la población económicamente activa. En cuanto a cobertura para educación superior en México, la OCDE ha reportado que es del 38%. Para el 2016, el 63% de los adultos entre 25 y 64 años sólo contaba con educación por abajo de media superior, cifra tres veces mayor que el promedio de los países de la OCDE.

Generar estrategias de inclusión y equidad que garanticen sin distinción las mismas oportunidades de educación y desarrollo para las niñas y los niños de nuestro país es indispensable. El reto es enorme, se requerirán grandes esfuerzos y muchas voluntades. Así las cosas, si usan falda o pantalón, es lo de menos.

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