/ viernes 22 de febrero de 2019

El Baúl

Repasando los desafueros de sus mocedades, cuando uno se siente con una energía de acero, mi amigo se acuerda de aquel infortunado día:

-No sé lo que sentí en ese momento. Porque al mismo tiempo tuve miedo, sentí confusión, sentí que me zumbaban los oídos, sentí que ella se había metido a bañar porque sabía lo que iba a pasar; me sentí humillado, me sentí traicionado, me sentí acorralado…

En esa época a él lo atormentaba no sólo la figura de ella, de por sí exuberante, también el perfume que se ponía, las muecas que hacía cuando conversaba, cómo sonreía, cómo fumaba, cómo caminaba, hasta cómo se abochornaba y cómo coqueteaba.

El tormento fue creciendo en la medida en que ella lo ignoraba, aún cuando estuviera entre los compañeros de trabajo con que ella conversaba, hasta que se le convirtió en un reto: “Yo me dije: ora va porque yo quiero. Y me decidí”.

No fue fácil. Primero, según se acuerda, lo escuchaba con una sonrisa burlona, luego en medio de la plática hacía alguna otra cosa como sacar de su bolso el espejo para mirarse en él o para retocarse el maquillaje, o hacer que buscaba algo en su bolsa sin encontrarlo, o interesarse más en lo que pasaba en la mesa de junto. Cualquier cosa. Parecía que lo hacía adrede.

-Una vez -dice mi amigo- estábamos tomando un café, y se levantó y sólo me hizo una seña con la mano, y se salió. “¿Y ora, qué paso?”, dije yo. Y de ratito regresó como si nada.

De manera que cuando ella hizo que aceptaba más por compasión que por interés salir con él dos o tres veces por semana, no le fue ya tan fácil seguir haciendo esos desplantes. No sólo porque él ya no se fijaba en esas actitudes, sino porque parecía que ya se estaba interesando en él.

Hubo un momento desde el cual él estuvo seguro de que, al fin, comenzarían a escribir su propia aventura. Y cuando le planteó con cuidado la posibilidad de avanzar, el corazón se le heló:

-No -dijo ella con firmeza, pero cordial. Y luego él supo por qué.

Siguieron viéndose cada tanto tiempo, sobre todo en las quincenas, para ir al cine, para tomar un café, luego para beber un trago, pero siempre en lugares discretos. Era mejor así “porque si mi marido se entera, me mata”, hasta el día en que tocaron en la puerta de la habitación:

-¡¿Quién?! -dijo él con la voz más grave que pudo.

-Los hielos, señor -dijo suavemente una voz femenina desde fuera.

-¡Yo no he pedido hielos! -dijo él, sintiendo que, al fin, se le descongestionaban los sentidos.

Repasando los desafueros de sus mocedades, cuando uno se siente con una energía de acero, mi amigo se acuerda de aquel infortunado día:

-No sé lo que sentí en ese momento. Porque al mismo tiempo tuve miedo, sentí confusión, sentí que me zumbaban los oídos, sentí que ella se había metido a bañar porque sabía lo que iba a pasar; me sentí humillado, me sentí traicionado, me sentí acorralado…

En esa época a él lo atormentaba no sólo la figura de ella, de por sí exuberante, también el perfume que se ponía, las muecas que hacía cuando conversaba, cómo sonreía, cómo fumaba, cómo caminaba, hasta cómo se abochornaba y cómo coqueteaba.

El tormento fue creciendo en la medida en que ella lo ignoraba, aún cuando estuviera entre los compañeros de trabajo con que ella conversaba, hasta que se le convirtió en un reto: “Yo me dije: ora va porque yo quiero. Y me decidí”.

No fue fácil. Primero, según se acuerda, lo escuchaba con una sonrisa burlona, luego en medio de la plática hacía alguna otra cosa como sacar de su bolso el espejo para mirarse en él o para retocarse el maquillaje, o hacer que buscaba algo en su bolsa sin encontrarlo, o interesarse más en lo que pasaba en la mesa de junto. Cualquier cosa. Parecía que lo hacía adrede.

-Una vez -dice mi amigo- estábamos tomando un café, y se levantó y sólo me hizo una seña con la mano, y se salió. “¿Y ora, qué paso?”, dije yo. Y de ratito regresó como si nada.

De manera que cuando ella hizo que aceptaba más por compasión que por interés salir con él dos o tres veces por semana, no le fue ya tan fácil seguir haciendo esos desplantes. No sólo porque él ya no se fijaba en esas actitudes, sino porque parecía que ya se estaba interesando en él.

Hubo un momento desde el cual él estuvo seguro de que, al fin, comenzarían a escribir su propia aventura. Y cuando le planteó con cuidado la posibilidad de avanzar, el corazón se le heló:

-No -dijo ella con firmeza, pero cordial. Y luego él supo por qué.

Siguieron viéndose cada tanto tiempo, sobre todo en las quincenas, para ir al cine, para tomar un café, luego para beber un trago, pero siempre en lugares discretos. Era mejor así “porque si mi marido se entera, me mata”, hasta el día en que tocaron en la puerta de la habitación:

-¡¿Quién?! -dijo él con la voz más grave que pudo.

-Los hielos, señor -dijo suavemente una voz femenina desde fuera.

-¡Yo no he pedido hielos! -dijo él, sintiendo que, al fin, se le descongestionaban los sentidos.