/ domingo 17 de enero de 2021

Aquí Querétaro

“Nunca acepte un papel en el que tenga que compartir la escena con un niño o con un perro”, me dijo don Nacho aquella noche en la que tuve el privilegio de compartir la mesa con él; “el público seguirá al niño, o al perro, y no le harán a usted caso alguno”.

Por entonces, en los inicios del siglo XXI, Ignacio López Tarso merodeaba los ochenta años, contaba con una vitalidad envidiable sobre los escenarios y vivía feliz un noviazgo recientemente iniciado. Había venido hasta Querétaro a presentar, junto con su hijo, un espectáculo sobre el Quijote en nuestra Plaza de Armas.

Referente teatral de nuestro país, legendario actor cinematográfico, dignísimo viandante de la televisión nacional, don Nacho vivió una infancia precaria y trashumante, pues su padre era empleado de correos; vivió lo mismo en Veracruz, que en Hermosillo, Navojoa, Guadalajara y Valle de Bravo. Ingresó al seminario menor de Temazcalcingo como la única forma de continuar sus estudios, y luego, al hacer su servicio militar (un año, por cierto, estuvo en Querétaro con esta encomienda), alcanzó el grado de sargento y rechazó la invitación a sumarse definitivamente a las fuerzas armadas.

Trabajando como bracero, en la pisca de naranja en California, sufrió un terrible accidente al caer de un árbol y tuvo que regresar a nuestro país para una larguísima recuperación de un año en cama. Los libros leídos durante este periodo, así como sus recuerdos de una obra teatral vista de niño en Navojoa, y un montaje escénico en el seminario, lo hicieron decidirse por estudiar teatro en el INBA, donde tuvo como maestros a los legendarios Seki Sano, Fernando Wagner, André Moreau, Celestino Gorostiza y Xavier Villaurrutia, quien le aconsejó cambiarse su muy tradicional, y real, nombre de Ignacio López López.

Todos sabemos lo que ya con el segundo apellido cambiado por Tarso, en recuerdo de San Pablo, este extraordinario actor logró trascender en los escenarios, recorriendo prácticamente todos los géneros teatrales a lo largo de 150 obras teatrales; desde el teatro griego a los clásicos españoles, de Shakespeare a los autores contemporáneos, de la dramaturgia nacional hasta la comedia musical (hizo “Hello Dolly” con Silvia Pinal).

En el cine su paso fue menos intenso, pero profundamente exitoso. Baste recordar sus participaciones en “El hombre de papel”, con aquel personaje inolvidable de un pepenador mudo, o “Nazarín”, donde fue dirigido por Luis Buñuel, y desde luego, la trascendental cinta de “Macario”, con cuyo sueldo se compró su primer coche.

Narrador de corridos, dirigente sindical de tres distintas organizaciones, y diputado federal en alguna ocasión, también tuvo en la televisión un espacio para lucirse en unas tres decenas de producciones, como fue su interpretación de Porfirio Díaz en “El encanto del águila”. Como ejemplo inmejorable de su vitalidad, baste decir que hace dos años tenía tres o cuatro puestas en escena simultáneas en cartelera.

Lo vi por última vez en persona hace algunos años, cuando también en compañía de su hijo, Juan Ignacio Aranda, vino hasta nuestra ciudad a presentar un espectáculo sobre su personaje cumbre de Macario. Tras bambalinas lo vi pasar, lento, algo encorvado, con ciertas dificultades para su movilidad, y no me atreví a acercarme; temí que también su cerebro fuese víctima del paso del tiempo y no quise darme cuenta de ello. Pero minutos después admiré su transformación en escena. Ahí no había el menor menoscabo de sus capacidades intelectuales y físicas; ahí parecía renacer de sus cenizas con una fuerza y una trasmisión alucinantes.

Me di cuenta entonces que, efectivamente, Ignacio López Tarso vuelve a vivir, una y otra vez, en la piel de sus personajes; que el actor nacido hace noventa y seis años (el pasado viernes fue su cumpleaños) en una humilde morada de las cercanías de la Villa de Guadalupe, tiene en los escenarios la mejor de las pócimas de juventud. Y efectivamente, muy pocas veces habrá compartido la escena con un niño o con un perro.

ACOTACIÓN AL MARGEN

Paco Maldonado fue un periodista con estilo propio, inconfundible, y un apasionado de su profesión, caracterizado por su sonrisa siempre presta y su sentido del humor.

Roberto Quintanar fue testigo, en su tradicional “Cabaña”, de infinidad de relaciones humanas en aquel Querétaro que se nos fue.

Pedro de la Vega perteneció a esa ejemplar familia que fundó y mantuvo, a lo largo de tantos años, uno de los negocios más tradicionales, longevos y entrañables de Querétaro: “La Mariposa”.

Los tres perdieron la vida en los últimos días. Tristes tiempos los que vivimos.

“Nunca acepte un papel en el que tenga que compartir la escena con un niño o con un perro”, me dijo don Nacho aquella noche en la que tuve el privilegio de compartir la mesa con él; “el público seguirá al niño, o al perro, y no le harán a usted caso alguno”.

Por entonces, en los inicios del siglo XXI, Ignacio López Tarso merodeaba los ochenta años, contaba con una vitalidad envidiable sobre los escenarios y vivía feliz un noviazgo recientemente iniciado. Había venido hasta Querétaro a presentar, junto con su hijo, un espectáculo sobre el Quijote en nuestra Plaza de Armas.

Referente teatral de nuestro país, legendario actor cinematográfico, dignísimo viandante de la televisión nacional, don Nacho vivió una infancia precaria y trashumante, pues su padre era empleado de correos; vivió lo mismo en Veracruz, que en Hermosillo, Navojoa, Guadalajara y Valle de Bravo. Ingresó al seminario menor de Temazcalcingo como la única forma de continuar sus estudios, y luego, al hacer su servicio militar (un año, por cierto, estuvo en Querétaro con esta encomienda), alcanzó el grado de sargento y rechazó la invitación a sumarse definitivamente a las fuerzas armadas.

Trabajando como bracero, en la pisca de naranja en California, sufrió un terrible accidente al caer de un árbol y tuvo que regresar a nuestro país para una larguísima recuperación de un año en cama. Los libros leídos durante este periodo, así como sus recuerdos de una obra teatral vista de niño en Navojoa, y un montaje escénico en el seminario, lo hicieron decidirse por estudiar teatro en el INBA, donde tuvo como maestros a los legendarios Seki Sano, Fernando Wagner, André Moreau, Celestino Gorostiza y Xavier Villaurrutia, quien le aconsejó cambiarse su muy tradicional, y real, nombre de Ignacio López López.

Todos sabemos lo que ya con el segundo apellido cambiado por Tarso, en recuerdo de San Pablo, este extraordinario actor logró trascender en los escenarios, recorriendo prácticamente todos los géneros teatrales a lo largo de 150 obras teatrales; desde el teatro griego a los clásicos españoles, de Shakespeare a los autores contemporáneos, de la dramaturgia nacional hasta la comedia musical (hizo “Hello Dolly” con Silvia Pinal).

En el cine su paso fue menos intenso, pero profundamente exitoso. Baste recordar sus participaciones en “El hombre de papel”, con aquel personaje inolvidable de un pepenador mudo, o “Nazarín”, donde fue dirigido por Luis Buñuel, y desde luego, la trascendental cinta de “Macario”, con cuyo sueldo se compró su primer coche.

Narrador de corridos, dirigente sindical de tres distintas organizaciones, y diputado federal en alguna ocasión, también tuvo en la televisión un espacio para lucirse en unas tres decenas de producciones, como fue su interpretación de Porfirio Díaz en “El encanto del águila”. Como ejemplo inmejorable de su vitalidad, baste decir que hace dos años tenía tres o cuatro puestas en escena simultáneas en cartelera.

Lo vi por última vez en persona hace algunos años, cuando también en compañía de su hijo, Juan Ignacio Aranda, vino hasta nuestra ciudad a presentar un espectáculo sobre su personaje cumbre de Macario. Tras bambalinas lo vi pasar, lento, algo encorvado, con ciertas dificultades para su movilidad, y no me atreví a acercarme; temí que también su cerebro fuese víctima del paso del tiempo y no quise darme cuenta de ello. Pero minutos después admiré su transformación en escena. Ahí no había el menor menoscabo de sus capacidades intelectuales y físicas; ahí parecía renacer de sus cenizas con una fuerza y una trasmisión alucinantes.

Me di cuenta entonces que, efectivamente, Ignacio López Tarso vuelve a vivir, una y otra vez, en la piel de sus personajes; que el actor nacido hace noventa y seis años (el pasado viernes fue su cumpleaños) en una humilde morada de las cercanías de la Villa de Guadalupe, tiene en los escenarios la mejor de las pócimas de juventud. Y efectivamente, muy pocas veces habrá compartido la escena con un niño o con un perro.

ACOTACIÓN AL MARGEN

Paco Maldonado fue un periodista con estilo propio, inconfundible, y un apasionado de su profesión, caracterizado por su sonrisa siempre presta y su sentido del humor.

Roberto Quintanar fue testigo, en su tradicional “Cabaña”, de infinidad de relaciones humanas en aquel Querétaro que se nos fue.

Pedro de la Vega perteneció a esa ejemplar familia que fundó y mantuvo, a lo largo de tantos años, uno de los negocios más tradicionales, longevos y entrañables de Querétaro: “La Mariposa”.

Los tres perdieron la vida en los últimos días. Tristes tiempos los que vivimos.

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