/ domingo 24 de enero de 2021

Aquí Querétaro

Los domingos, para cualquier familia queretana en esta bella, tranquila y tradicional ciudad, eran especiales; gozaban de paz y de la posibilidad de realizar tareas que, entre semana, estaban relegadas por el trabajo cotidiano, fuera y dentro de casa.

Los domingos por la tarde, por ejemplo, podían asistir a los conciertos de la Banda de Rurales, que el kiosco del Jardín Zenea dejaba escapar sus armoniosas notas para beneplácito de los presentes. Lo hacían también las noches de los jueves, como una añeja tradición que se heredaría a las siguientes generaciones.

A veces, para mitigar el aburrimiento de la sobremesa, las familias se trasladaban hasta la frondosa Alameda Hidalgo, donde la misma Banda de Rurales ofrecía un tradicional concierto vespertino con la música del maestro Aguilar.

Y también, de vez en vez y para romper la monotonía, se trasladaban hasta la vecina población de Hércules, que en tranvía distaba apenas unos treinta minutos de trayecto, para deleitarse con la interpretación musical de la banda de la fábrica de hilados y tejidos El Hércules, la que le daba nombre a toda la comunidad. El maestro Calderón era quien dirigía a aquella agrupación de buenos músicos.

Claro que estaba también la opción de pasar un agradable domingo en La Cañada. Hasta allá sólo mediaba una hora de viaje en el tranvía y se podía disfrutar de las preciosas y abundantes huertas, además de las relajantes aguas termales. Y si se quería llegar antes, bastaba con echar a andar hacia los baños de Pathé, a apenas un kilómetro de distancia de la ciudad, y también con una eficaz estación de tranvías, que llamaba la atención por lo cristalinas de sus aguas.

También, desde luego, se podía escoger una visita dominguera al llamado “Jardín de los Encantos”, en el noreste de la bella ciudad, para disfrutar de aquel paisaje de floricultura, que podía ser rematado con una buena merienda en “La Tamalería”, en la “otra banda”, apenas cruzando el río.

Motivos para la distracción había suficientes, pues podían descubrirse abundantes funciones de zarzuela, de la compañía infantil de la empresa Aguilar, en el Teatro de la República, o asistir a alguna presentación de la cuadrilla española asentada en la ciudad, en la plaza de toros de Occidente.

Las posibilidades de distracción, cualquier domingo de aquellos años postreros del siglo XIX, eran amplias y atractivas, aunque un tanto distantes de lo que hoy puede entenderse como entretenimiento. Era el Querétaro de anteayer.

ACOTACIÓN AL MARGEN

Icono del periodismo radiofónico y televisivo, ayer murió Larry King.

El popular hombre de los tirantes, amo y señor del “rating”, había vencido a un infarto y a dos cánceres, pero no pudo con el Covid. Su trabajo en los medios de comunicación quedará para la posteridad como un grande del periodismo en el mundo.

Los domingos, para cualquier familia queretana en esta bella, tranquila y tradicional ciudad, eran especiales; gozaban de paz y de la posibilidad de realizar tareas que, entre semana, estaban relegadas por el trabajo cotidiano, fuera y dentro de casa.

Los domingos por la tarde, por ejemplo, podían asistir a los conciertos de la Banda de Rurales, que el kiosco del Jardín Zenea dejaba escapar sus armoniosas notas para beneplácito de los presentes. Lo hacían también las noches de los jueves, como una añeja tradición que se heredaría a las siguientes generaciones.

A veces, para mitigar el aburrimiento de la sobremesa, las familias se trasladaban hasta la frondosa Alameda Hidalgo, donde la misma Banda de Rurales ofrecía un tradicional concierto vespertino con la música del maestro Aguilar.

Y también, de vez en vez y para romper la monotonía, se trasladaban hasta la vecina población de Hércules, que en tranvía distaba apenas unos treinta minutos de trayecto, para deleitarse con la interpretación musical de la banda de la fábrica de hilados y tejidos El Hércules, la que le daba nombre a toda la comunidad. El maestro Calderón era quien dirigía a aquella agrupación de buenos músicos.

Claro que estaba también la opción de pasar un agradable domingo en La Cañada. Hasta allá sólo mediaba una hora de viaje en el tranvía y se podía disfrutar de las preciosas y abundantes huertas, además de las relajantes aguas termales. Y si se quería llegar antes, bastaba con echar a andar hacia los baños de Pathé, a apenas un kilómetro de distancia de la ciudad, y también con una eficaz estación de tranvías, que llamaba la atención por lo cristalinas de sus aguas.

También, desde luego, se podía escoger una visita dominguera al llamado “Jardín de los Encantos”, en el noreste de la bella ciudad, para disfrutar de aquel paisaje de floricultura, que podía ser rematado con una buena merienda en “La Tamalería”, en la “otra banda”, apenas cruzando el río.

Motivos para la distracción había suficientes, pues podían descubrirse abundantes funciones de zarzuela, de la compañía infantil de la empresa Aguilar, en el Teatro de la República, o asistir a alguna presentación de la cuadrilla española asentada en la ciudad, en la plaza de toros de Occidente.

Las posibilidades de distracción, cualquier domingo de aquellos años postreros del siglo XIX, eran amplias y atractivas, aunque un tanto distantes de lo que hoy puede entenderse como entretenimiento. Era el Querétaro de anteayer.

ACOTACIÓN AL MARGEN

Icono del periodismo radiofónico y televisivo, ayer murió Larry King.

El popular hombre de los tirantes, amo y señor del “rating”, había vencido a un infarto y a dos cánceres, pero no pudo con el Covid. Su trabajo en los medios de comunicación quedará para la posteridad como un grande del periodismo en el mundo.

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