/ miércoles 20 de noviembre de 2019

Sólo para villamelones

Algunas cosas, de pequeñas a un poco más grandes, podrían hacerse en la Plaza de Toros México para reivindicarla como el máximo escenario de la fiesta taurina en nuestro país. Y es que, por desgracia, aunque sigue siendo la más grande del mundo, lo que ahí ha sucedido desde hace ya muchas temporadas llama a la desesperanza y la reflexión.

Por ejemplo, bien podrían eliminar para siempre esa curiosa y desaseada costumbre de lanzarle arena a los toros en toriles, justo antes de que éstos salten al ruedo. Costumbre ésta con la que, entiendo, se pretende darle espectacularidad a la salida del burel, sobre todo si éste no tiene todo lo que debe tener para estar “bien presentado”.

Ese es un punto pequeñito para corregir, pues no deja de ser una actitud ratonera, cargada con un tinte de engaño, que poco sirve, pues la arena se va con el viento y el toro queda ahí, en el ruedo, a merced de los inquisitoriales ojos de los espectadores más críticos. Y es que, además, no se trata de una práctica digna de un coso de la magnitud e importancia del de Insurgentes.

Ahora que, ya entrados en posibilidades, existiría también una muy loable acción, ésta sí mucho más difícil de realizar: el eliminar la práctica del llamado “toro de regalo”. Esta posibilidad que tienen los toreros en plazas de toros mexicanas atenta contra las costumbres y ritos más ancestrales del toreo, y representa una puerta abierta para el amaño y la ventaja de unos protagonistas sobre los otros. Una práctica, en fin, que nada contribuye a la limpieza de la Fiesta.

Por lo que ve a las trasmisiones televisivas, aquí un simple detalle nos ayudaría mucho a quienes solemos ver, desde fuera de la capital del país, las corridas de la llamada “Temporada Grande”. Colaboraría substancialmente el que contrataran como director de cámaras a un aficionado a los toros, a alguien que supiera de qué va la cosa, aunque fuera elementalmente, y que nos permitiera a los televidentes obtener imágenes de aquellas cosas que son importantes en una lidia, como, por ejemplo, la colocación del estoque tras la suerte suprema.

Claro está que la Plaza México requiere, medularmente, un mayor rigor desde el palco de la Autoridad. Personajes que pudieran colocarse ahí sin temor del qué dirán, de los gritos consabidos, de la crítica de los críticos, y sobre todo, ajenos a la opinión o sugerencias de empresarios, ganaderos y toreros. Personajes pues con los pantalones muy bien puestos y con la capacidad de elevar la endeble varita de medir que han utilizado a lo largo de los últimos años.

Cositas pequeñas unas, y mayores otras, que ayudarían a rescatar a esa plaza, otrora la más importante del país. Cositas que la envician y la denigran en mayor o menor medida. Cositas que, según creo, seguirán ahí, acaso para siempre.

Algunas cosas, de pequeñas a un poco más grandes, podrían hacerse en la Plaza de Toros México para reivindicarla como el máximo escenario de la fiesta taurina en nuestro país. Y es que, por desgracia, aunque sigue siendo la más grande del mundo, lo que ahí ha sucedido desde hace ya muchas temporadas llama a la desesperanza y la reflexión.

Por ejemplo, bien podrían eliminar para siempre esa curiosa y desaseada costumbre de lanzarle arena a los toros en toriles, justo antes de que éstos salten al ruedo. Costumbre ésta con la que, entiendo, se pretende darle espectacularidad a la salida del burel, sobre todo si éste no tiene todo lo que debe tener para estar “bien presentado”.

Ese es un punto pequeñito para corregir, pues no deja de ser una actitud ratonera, cargada con un tinte de engaño, que poco sirve, pues la arena se va con el viento y el toro queda ahí, en el ruedo, a merced de los inquisitoriales ojos de los espectadores más críticos. Y es que, además, no se trata de una práctica digna de un coso de la magnitud e importancia del de Insurgentes.

Ahora que, ya entrados en posibilidades, existiría también una muy loable acción, ésta sí mucho más difícil de realizar: el eliminar la práctica del llamado “toro de regalo”. Esta posibilidad que tienen los toreros en plazas de toros mexicanas atenta contra las costumbres y ritos más ancestrales del toreo, y representa una puerta abierta para el amaño y la ventaja de unos protagonistas sobre los otros. Una práctica, en fin, que nada contribuye a la limpieza de la Fiesta.

Por lo que ve a las trasmisiones televisivas, aquí un simple detalle nos ayudaría mucho a quienes solemos ver, desde fuera de la capital del país, las corridas de la llamada “Temporada Grande”. Colaboraría substancialmente el que contrataran como director de cámaras a un aficionado a los toros, a alguien que supiera de qué va la cosa, aunque fuera elementalmente, y que nos permitiera a los televidentes obtener imágenes de aquellas cosas que son importantes en una lidia, como, por ejemplo, la colocación del estoque tras la suerte suprema.

Claro está que la Plaza México requiere, medularmente, un mayor rigor desde el palco de la Autoridad. Personajes que pudieran colocarse ahí sin temor del qué dirán, de los gritos consabidos, de la crítica de los críticos, y sobre todo, ajenos a la opinión o sugerencias de empresarios, ganaderos y toreros. Personajes pues con los pantalones muy bien puestos y con la capacidad de elevar la endeble varita de medir que han utilizado a lo largo de los últimos años.

Cositas pequeñas unas, y mayores otras, que ayudarían a rescatar a esa plaza, otrora la más importante del país. Cositas que la envician y la denigran en mayor o menor medida. Cositas que, según creo, seguirán ahí, acaso para siempre.

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