/ miércoles 25 de marzo de 2020

Sólo para villamelones

“El toro”, decía, “es como un cóctel de virtudes. La bravura es lo primero; la duración y la movilidad son importantes hoy en día también, pero con cuidado, porque si se pasa de noble, aburre”.

Borja Domecq Solís era uno de esos ganaderos donde si fincó el toro bravo moderno, y, por ende, la Fiesta que hoy nos toca vivir. En Jandilla, ganadería a la que dirigió de 1987 a 2016, y también en Vegahermosa, crio toros que empezaron a ser solicitados, y hasta exigidos, por las figuras; toros que, según su criador, deberían contar con los atributos de la fijeza, de la nobleza, de la embestida larga y de la humillación.

Este ganadero de setenta y cuatro años pertenecía a una de las familias más prestigiadas en el mundo del toro. Hijo de Juan Pedro Domecq y Díaz, y hermano de Juan Pedro y Fernando, también ganaderos de bravo en su momento, había nacido en Pamplona, y un día decidió trasladar su ganadería de Jerez, donde el cultivo de arroz le estaba comiendo espacio, a tierras cercanas a Mérida, en las fincas a las que nombró “Don Tello” y “Los Quintos”.

En el 2016, ya aquejado por enfermedades, decidió dejar la ganadería de Jandilla en manos de su hijo Borja, pero seguía viajando por toda España para ver lidiar a sus toros en diferentes plazas. Fueron, precisamente, dos toros de esa su ganadería los que catapultaron, en la pasada Feria de Abril de Sevilla, a Pablo Aguado.

Era un convencido de la necesidad de organizar cada vez más novilladas, porque decía que ello era benéfico para todos: para los futuros matadores, para los ganaderos que podían probar sus animales, y, sobre todo, para la Fiesta misma, al propiciar el nacimiento de nuevos aficionados que la mantendrían viva en el futuro. Para ello, también sostenía, había que disminuir el costo de las entradas y propiciar que los más jóvenes se acercaran a las plazas.

Su padre, don Juan Pedro, aseguraba que la bravura era la capacidad de luchar hasta la muerte, y ésa fue una máxima que el ganadero nacido en Pamplona siempre atendía, aunque buscó, y logró, que ese toro bravo tuviese también otras características que ayudaran a la mejor realización del toreo moderno.

Una neumonía, agravada por el Covid-19, le quitó la vida este lunes. Murió en el hospital de Mérida, muy cerca de los campos de bravo que él propició en la región. Como sus dos hermanos le precedieron en el viaje final, quedan como herederos de su trayectoria sus hijos Borja y Fátima Domecq Noguera.

Se fue pues, uno de los más importantes ganaderos, último de los integrantes de la tercera generación de Domecq dedicados a esos menesteres, y uno de los más grandes criadores de toros de todos los tiempos.

“El toro”, decía, “es como un cóctel de virtudes. La bravura es lo primero; la duración y la movilidad son importantes hoy en día también, pero con cuidado, porque si se pasa de noble, aburre”.

Borja Domecq Solís era uno de esos ganaderos donde si fincó el toro bravo moderno, y, por ende, la Fiesta que hoy nos toca vivir. En Jandilla, ganadería a la que dirigió de 1987 a 2016, y también en Vegahermosa, crio toros que empezaron a ser solicitados, y hasta exigidos, por las figuras; toros que, según su criador, deberían contar con los atributos de la fijeza, de la nobleza, de la embestida larga y de la humillación.

Este ganadero de setenta y cuatro años pertenecía a una de las familias más prestigiadas en el mundo del toro. Hijo de Juan Pedro Domecq y Díaz, y hermano de Juan Pedro y Fernando, también ganaderos de bravo en su momento, había nacido en Pamplona, y un día decidió trasladar su ganadería de Jerez, donde el cultivo de arroz le estaba comiendo espacio, a tierras cercanas a Mérida, en las fincas a las que nombró “Don Tello” y “Los Quintos”.

En el 2016, ya aquejado por enfermedades, decidió dejar la ganadería de Jandilla en manos de su hijo Borja, pero seguía viajando por toda España para ver lidiar a sus toros en diferentes plazas. Fueron, precisamente, dos toros de esa su ganadería los que catapultaron, en la pasada Feria de Abril de Sevilla, a Pablo Aguado.

Era un convencido de la necesidad de organizar cada vez más novilladas, porque decía que ello era benéfico para todos: para los futuros matadores, para los ganaderos que podían probar sus animales, y, sobre todo, para la Fiesta misma, al propiciar el nacimiento de nuevos aficionados que la mantendrían viva en el futuro. Para ello, también sostenía, había que disminuir el costo de las entradas y propiciar que los más jóvenes se acercaran a las plazas.

Su padre, don Juan Pedro, aseguraba que la bravura era la capacidad de luchar hasta la muerte, y ésa fue una máxima que el ganadero nacido en Pamplona siempre atendía, aunque buscó, y logró, que ese toro bravo tuviese también otras características que ayudaran a la mejor realización del toreo moderno.

Una neumonía, agravada por el Covid-19, le quitó la vida este lunes. Murió en el hospital de Mérida, muy cerca de los campos de bravo que él propició en la región. Como sus dos hermanos le precedieron en el viaje final, quedan como herederos de su trayectoria sus hijos Borja y Fátima Domecq Noguera.

Se fue pues, uno de los más importantes ganaderos, último de los integrantes de la tercera generación de Domecq dedicados a esos menesteres, y uno de los más grandes criadores de toros de todos los tiempos.

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