/ miércoles 29 de julio de 2020

Sólo para villamelones

“El toreo no es graciosa huida, sino apasionada entrega”

Era su frase de batalla, con la que abría o cerraba sus espacios de comunicación, pero no era, ni con mucho, el mejor ejemplo de su enorme valía como escritor, especialmente ensayista, y poeta. Era apenas un atisbo de su inventiva y de su profundo conocimiento del toreo y de la vida misma.

Carlos Fernández y López-Valdemoro, nació en Madrid -en la calle Goya, para ser exactos-, cuando el siglo XX era aún muy joven. Hijo de un prominente diputado de la República, desde muy pequeño, y ya en Sevilla hasta donde se trasladó con su familia, se adentró en el mundo del toro; incluso, con el paso del tiempo se convirtió en cuñado de Domingo Ortega, mandamás de la torería de su tiempo, por el que tuvo una gran admiración.

Estudió Derecho en la capital española, vivió un tiempo, en aquellas épocas de guerra española, en Paris, y otro en Londres, para después, instalado ya el franquismo en su tierra natal, viajar a México. Aquí intentó abrirse paso como escritor, publicando algún celebrado ensayo, pero, por azares del destino, acabó siendo invitado a la radio para hablar de toros, y eso marcó su vida futura.

Escribió en algunos de los más prestigiados periódicos de aquellos años, y de XEBZ y la XEW, pasó finalmente a Telesistema Mexicano, donde se convirtió, gracias a su amplísima cultura general y su muy brillante don de palabra, en el cronista de toros por excelencia, al grado de que las trasmisiones de las corridas dominicales en la México se volvían aún más ricas, más entretenidas y gratificantes, escuchando su crónica. Una crónica que educó en tauromaquia a toda una generación de futuros aficionados, entre los que me encuentro.

Conocí a Pepe Alameda, que tal era su nombre de batalla periodística, a finales de la década de los setentas, en el Hotel Casa Blanca, de Querétaro, donde, por entonces, yo trabajaba -ahí se hospedaban, por cierto, toros los toreros que partían plaza en aquella “Santa María” de sus mejores años-. La primera ocasión, cuando don Ramón de Villasante, el ganadero de Carranco, y por entonces uno de los dueños del hotel, me pidió que le llevara una botella de coñac hasta su habitación. Don Pepe -o don Carlos, si usted prefiere- apareció en la puerta en calzoncillos y así me recibió, con una sonrisa, el obsequio.

Algún tiempo más tarde tuve el privilegio de desayunar con él en el restaurante del mismo hotel. Serían las diez de la mañana, y el cronista hacía la escala queretana en su viaje de San Luis Potosí a la capital del país. A esas horas del día traía ya, para decirlo en términos taurinos, una muy buena media estocada encima, que, al amparo de unos sabrosos chilaquiles, no impidió un ápice que su brillante cabeza diera paso a una inolvidable y riquísima charla.

Si charlar con él, y descubrir en persona su fluida e inteligente conversación, era un placer, lo era aún más -lo sigue siendo- leer sus libros, pues con esas letras se puede entender mejor el apasionante mundo de los toros. Pero, sobre todo, aquellas crónicas efímeras tras el micrófono de la televisión, representaron siempre una cátedra de sapiencia taurina y buen decir.

“Paso a paso he pasado por la tierra camino de la muerte prometida”, rezan algunos de sus versos, “y la muerte me ha dado cada día un poco de su polvo”. Y yo reflexiono sobre la falta que nos hace Pepe Alameda en estos tiempos que corren.

“Y he vivido, con una vida ambigua, creciéndome la muerte por dentro, detrás de la sonrisa…”

“El toreo no es graciosa huida, sino apasionada entrega”

Era su frase de batalla, con la que abría o cerraba sus espacios de comunicación, pero no era, ni con mucho, el mejor ejemplo de su enorme valía como escritor, especialmente ensayista, y poeta. Era apenas un atisbo de su inventiva y de su profundo conocimiento del toreo y de la vida misma.

Carlos Fernández y López-Valdemoro, nació en Madrid -en la calle Goya, para ser exactos-, cuando el siglo XX era aún muy joven. Hijo de un prominente diputado de la República, desde muy pequeño, y ya en Sevilla hasta donde se trasladó con su familia, se adentró en el mundo del toro; incluso, con el paso del tiempo se convirtió en cuñado de Domingo Ortega, mandamás de la torería de su tiempo, por el que tuvo una gran admiración.

Estudió Derecho en la capital española, vivió un tiempo, en aquellas épocas de guerra española, en Paris, y otro en Londres, para después, instalado ya el franquismo en su tierra natal, viajar a México. Aquí intentó abrirse paso como escritor, publicando algún celebrado ensayo, pero, por azares del destino, acabó siendo invitado a la radio para hablar de toros, y eso marcó su vida futura.

Escribió en algunos de los más prestigiados periódicos de aquellos años, y de XEBZ y la XEW, pasó finalmente a Telesistema Mexicano, donde se convirtió, gracias a su amplísima cultura general y su muy brillante don de palabra, en el cronista de toros por excelencia, al grado de que las trasmisiones de las corridas dominicales en la México se volvían aún más ricas, más entretenidas y gratificantes, escuchando su crónica. Una crónica que educó en tauromaquia a toda una generación de futuros aficionados, entre los que me encuentro.

Conocí a Pepe Alameda, que tal era su nombre de batalla periodística, a finales de la década de los setentas, en el Hotel Casa Blanca, de Querétaro, donde, por entonces, yo trabajaba -ahí se hospedaban, por cierto, toros los toreros que partían plaza en aquella “Santa María” de sus mejores años-. La primera ocasión, cuando don Ramón de Villasante, el ganadero de Carranco, y por entonces uno de los dueños del hotel, me pidió que le llevara una botella de coñac hasta su habitación. Don Pepe -o don Carlos, si usted prefiere- apareció en la puerta en calzoncillos y así me recibió, con una sonrisa, el obsequio.

Algún tiempo más tarde tuve el privilegio de desayunar con él en el restaurante del mismo hotel. Serían las diez de la mañana, y el cronista hacía la escala queretana en su viaje de San Luis Potosí a la capital del país. A esas horas del día traía ya, para decirlo en términos taurinos, una muy buena media estocada encima, que, al amparo de unos sabrosos chilaquiles, no impidió un ápice que su brillante cabeza diera paso a una inolvidable y riquísima charla.

Si charlar con él, y descubrir en persona su fluida e inteligente conversación, era un placer, lo era aún más -lo sigue siendo- leer sus libros, pues con esas letras se puede entender mejor el apasionante mundo de los toros. Pero, sobre todo, aquellas crónicas efímeras tras el micrófono de la televisión, representaron siempre una cátedra de sapiencia taurina y buen decir.

“Paso a paso he pasado por la tierra camino de la muerte prometida”, rezan algunos de sus versos, “y la muerte me ha dado cada día un poco de su polvo”. Y yo reflexiono sobre la falta que nos hace Pepe Alameda en estos tiempos que corren.

“Y he vivido, con una vida ambigua, creciéndome la muerte por dentro, detrás de la sonrisa…”

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